¿Tu celular está apagado?

13/07/2016
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El día que el primer ser humano insultó a otro semejante, se convirtió sin saberlo en el fundador de la civilización. Por eso recuerda que no es saludable que estés bien adaptado a una sociedad que está profundamente enferma…

Entonces, nunca digas que no puedes, ni siquiera en broma; debes tomar nota siempre que todo lo que pronuncies, tu inconciente se lo tomará muy en serio, pues carece totalmente de sentido del humor…

El mundo será como un huracán y las mariposas vuelan hacia allá…

Nace de una interrogante que creo todos hoy día, debemos obligatoriamente hacernos… el mundo que estamos forjando casi sin darnos cuenta, no es un buen lugar para que vivan mañana los que hoy son jóvenes, los que hoy son nuestros hijos. Los niños, los nietos de hoy.

Comparo hoy a los niños como si fueran mariposas, delicadas, frágiles, débiles, inocentes, solo brindan y ofrecen alegría y belleza.

El mundo de hoy y el mundo de mañana con mayor preocupación, no es ya, desde hoy un buen lugar para ellos. Lo comparo con el huracán, duro, rudo, hostil, fuerte, violento…además está corrompido, se sirve de la oportunidad, de la codicia, le importa poco la belleza, lo que rinde frutos y tiene éxito, ocupa la prioridad. (Que me disculpe el huracán, que es solo una manifestación natural)

El mañana llegará mañana, así tan rápido como mañana. “Es bueno saber que, los primeros siete años de la vida de un ballenato chiquito los pasa junto a su madre, la madre no lo deja solo, ¿sabe que hacen los balleneros?, pues matan a las crías para tener al alcance a las madres, esa es su gran estrategia de muerte y desolación”…

Ese, es el hombre…

Hoy hemos visto también que en la isla de Midway, se mueren por miles, los albatros, con el buche lleno de tapas plásticas de botellas y gaseosas, jeringas hipodérmicas y todo lo que flota sobre el mar arrojado por el hombre. Hay 49 mil piezas de plástico sobre la superficie marina de una milla cuadrada.

Felizmente estoy entonces de salida y no de entrada, a menos que se cambien desde hoy todo el sinnúmero de cosas y acciones que hay que cambiar… entonces diré, con pena que no podré acompañarlos en ese mundo mejor…

Pero en realidad tengo la ilusión de ser protagonista en ese mundo del futuro…cuando me preguntan mi edad, contesto que ¡me faltan 24 para 100!…

Mi realismo, o si se quiere pesimismo radica en un razonamiento muy simple: si el hombre a sabiendas de que algo le es perjudicial, no se pone de acuerdo en cambiar lo que le hace daño a todos, como es posible que encuentre o busque el consenso para cambiar lo que le beneficia hoy a todos y a el en particular…

De eso se trata esto.

Un compendio de conversaciones de vida, un cúmulo de testimonios que da la conversación de un niño con sus padres, una esperanza reveladora para la madre y el padre, no acostumbrados a estos diálogos…

Este post es un grito fuerte de denuncia…

Los padres no charlan con sus hijos…

Que es lo esperamos para nuestra familia, que es lo que deseamos en el trato personal con nuestros hijos, ¿conversamos con ellos? ¿Damos ejemplo de vida y de valores con nuestra diaria actitud? ¿Nos preocupamos en verdad de su formación? ¿Nos damos tiempo para escucharlos? ¿Y para la casa en la que vivimos, el planeta tierra, para el reino animal que?, las metas que nos hemos puesto ¿son a costa de que?

Que tarea hacemos hoy para que el mundo mejore, mientras nuestros hijos crecen sin detenerse. ¿Cuánto en verdad nos preocupa el mundo del mañana en todo sentido?

Sobre como vivirán estos personajes, niños hoy, en el mundo físico y moral que les hemos o estamos fabricando nosotros, tratan las líneas siguientes…

Este no es un escrito de autoayuda, ni un compendio de concejos para vivir mejor ni hoy ni mañana, no soy quien para ello. Este libro es un asunto de actitud, si cambiamos de actitud, solo de actitud, todos, todo habrá cambiado o por lo menos, empezado a cambiar.

No es fácil la tarea, debemos de cambiar de hábitos, y eso significa sin lugar a dudas, que uno tenga que toparse con personas que dirán, ¡a mí que me importa!, ¡no voy a cambiar a estas alturas!, total, si no lo hago yo nadie se dará cuenta. Estas serán actitudes y respuestas, de jóvenes y adultos, cultos o incultos, pudientes      y carenciales. La educación y la cultura influirán mucho.

Hay entonces que agarrarse fuerte del mejor aliado que, no puede ser otro sino el buen ejemplo.

Demos pues el ejemplo desde ahora, de una vez por todas, que buena falta nos hace, démonos cuenta que la mariposa va en camino, sin pausa, sin detenerse y la espera un mundo que no será el mejor…La familia, el hogar, que no es otra cosa que eso que solemos llamar amor, la sociedad se va a descomponer cada día más…

Este era un diálogo de hace poco, no más de 10 años atrás:

La dueña de casa, a su chofer…- ¿Juan, porque no se queda a almorzar con nosotros en casa?

El contesta…

–   no gracias señora, me esperan a almorzar en mi casa, retorno luego….

–     Está bien lo espero, termina diciendo la señora…

Han cambiado los tiempos, ¿no es verdad? El chofer hoy, no desecharía un almuerzo en su mismo lugar de trabajo…Ayer, la familia lo esperaba y el acudía…sin embargo decimos que la situación ha cambiado, que estamos todos mejor…

Pregunto,

¿Quién está mejor?…¿La familia que ya no se junta a la hora de almuerzo? ¿El chofer que ya no almuerza con su familia?, ¿La señora de casa, que se queda con el chofer al lado?…

¿Quién?, creo que nadie, pero estamos mejor, eso es lo que decimos…

De todas formas, solo en ese tiempo transcurrido algo ha cambiado, sin duda…

Yo creo que todos perdieron, nadie está realmente mejor, nuestra vida en común, nuestras relaciones humanas se han visto deterioradas, nuestro trato de persona a persona, se ha perdido, no conversamos con los hijos, la vida de hogar se debilita día ———————————————————-

Una semana más llega su fin…

Estamos en Lima, un viernes de mayo a las 4.55 minutos de la tarde…amaneció nublado, como a las 11 se dejó ver el sol, se hizo sentir también.El otoño lucha por presentarse, pero el verano no lo deja, un viento fresco por momentos destemplado aboga por que el otoño se quede, trae nubes para defenderse y el sol se esfuma seguro, tranquilo y confiado, sabiendo que al otro lado lo esperan los que van a levantarse…

Áticus, tiene 14 años y meses, ha llegado del colegio y pregunta…

– Mami, ¿mi papá llegó?…

–     No, aún no, contesta Sofía su mamá.

¿Quieres algo?.-   Hablar con él solo hablar, dice Áticus, con aire y tono serio y misterioso…

Este post, está dedicado:

A todos los que sueñan y hacen todo lo posible por vivir en un mundo mejor

Tomografía computarizada de corte transversal…

Somos en el Perú, aproximadamente unos 30 millones de ciudadanos, en realidad nuestro país no sabe cuantos somos, es más, creo que nunca lo sabrá.

 Mas o menos el 52% son mujeres del sexo femenino, y el saldo son hombres del sexo masculino, es bueno recalcar que en estos porcentajes están incluidos los otros, de los que tampoco se tiene una cifra exacta.

Nunca se tendrá, aumentan día a día.

 Millones son pobres, muchos de ellos son muy pobres y muchos de ellos son carenciales.

 Hay también muchos que son ricos…

 Pero con toda certeza, muchos millones son sinvergüenzas y deshonestos…De estos no hay estadísticas, no se hacen ni se encargan hacer…ninguna encuestadora los hace.

 Casi ninguno lee, hay una incultura y falta de educación pavorosas…

Este sencillo libro está dedicado a pocos, a los humildes de corazón y a los honestos… En que clasificación se ubique usted, es problema estrictamente suyo, o simple, pura y muy extraña coincidencia…

 

El diálogo continúa…

 

Luego de ese breve diálogo con mamá, Áticus subió a su cuarto y se cambió el uniforme del colegio, mientras se cambiaba los zapatos por las zapatillas de diario, miraba por la ventana que daba hacia la calle, esta, estaba muy próxima a la equina.

Sentado en la cama solo con levantar un poco el cuello y mover la cabeza, podía ver la calzada que se extendía hasta perderse por entre los visillos que adornaban las ventanas de madera.

 

Terminó de amarrarse las zapatillas, se incorporó y caminó hacia su pequeño escritorio.

Un cartapacio azul, casi en el centro del tablero, una lámpara de pie relativamente chica hacia una esquina, un par de lápices bien tajados y un lapicero de tinta liquida.

Un diario de notas cuyo estado denotaba ser usado a menudo cerca a la pared en el extremo opuesto a la lámpara y un carrito rojo a escala de marca Alfa Romeo trepado en la base redonda de la luminaria.

La mesa de trabajo de un niño de clase media, adolescente ya.

 

Áticus se incorporó acercándose a la ventana y permaneció con la mirada vagando por el exterior, parecería que su actitud era la de alguien que está esperando algo o la llegada de una persona.

De pronto, volteó hacia su mesa de trabajo, subió desde el piso su maletín, corrió el cierre y extrajo un cuaderno de notas de tamaño carta, tomó también un libro, poniéndolos sobre la mesa y el maletín regresó al piso.

 

Tiempo de tareas y estudio…No había ruido externo, ni música ni televisión. Todo listo y preparado por el mismo, para adentrase en el deseo de fortalecer el conocimiento y hacer volar la imaginación de este cerebro nuevo, esa imaginación que muchas veces es más importante que el conocimiento.

 

 

Áticus, un nuevo joven, un joven más, un joven tan único como individual, irrepetible como cada uno de nosotros, preparándose para la vida y para absorber todo lo que el mundo y sus familiares cercanos, sus padres en casa, le entregan a cada instante, con actos, palabras, ejemplos, comportamientos, modos, maneras y acciones que serán la materia prima de la personalidad del hombre que el mismo irá fabricando para enfrentarse o simplemente vivir en ese indiferente y ajeno futuro que lo espera.

 

Quiero aprovechar que Áticus, está haciendo unas cosas en su escritorio, para referirles sobre un episodio que viví hoy a la una de la tarde, mientras retornaba del taller donde dejé el auto de mi esposa. Lo volví a llevar a regañadientes por un trabajo mal hecho solamente hace dos días.

 

Dejé la avenida Angamos y voltee subiendo por Tudela y Varela, noté a unos veinte metros un hombre en cuclillas junto a unas bolsas de basura, al irme acercando a donde el estaba al pie de la vereda, note que masticaba algo extraído de una bolsa de papel, no supe lo que era. Cuando estuve junto a él, el introducía nuevamente sus mano derecha hurgando entre su contenido.

 

– Hola señor, le dije…

 

El hombre no contestó, solo volteó la cabeza hacia mí y me miró, hizo el ademán de acercarme la bolsa abierta, no pude identificar que había dentro, pero se notaba entre los paquetes que había estado rebuscando entre ellos.

 

Era un hombre de rostro perfilado, moreno claro, bigotes y pelo negros, algo de barba, no tendría más de 40 años. Desaseado y desarreglado. No pronunció palabra, me miró con curiosidad y le alcancé un billete de diez soles doblado de tal forma que la nominación se viera claramente. Movió la cabeza como si asintiera y siguió mirando al interior de su bolsa, él continuó masticando. Creo que el billete fue a parar a su bolsillo, me miró, lo miré…

 

Son esos instantes en los que los dos, nos dijimos muchas cosas sin que el diálogo verbal se estableciera.

 

Yo supe de su situación y el también de la mía. El era el que no tenía y no podía y yo era todo lo contrario…Es muy posible, casi seguro, que no nos volvamos a ver nunca más. Volví la mirada a verlo mientras me alejaba, y seguía en la misma ocupación, como cuando lo miré al voltear la esquina con Angamos.

 

Al frente una pastelería llena de habitúes, a treinta metros en la vereda opuesta un hombre buscando entre la basura algo de comer, y ya como a cincuenta metros un hombre camina alejándose luego de haber dado un billete de diez soles a ese desconocido que continuó con la misma tarea.

Una de tantas cientos de miles de escenas de desajuste social, que nadie puede, ni quiere remediar o no sabe hacerlo.

 

 

No hay culpa alguna en los que ocupan, conversan y comen en la pastelería, tampoco hay culpa en el que busca algo de comer entre la basura, creo que tampoco se puede achacar nada al que le dejó un poco de dinero. ¿Que pasa entonces?… ¿Por qué este mundo es así?… Hay un desajuste social aterrador, nadie es responsable de nada, porque precisamente la culpa es de todos, y cuando la culpa pertenece a todos, nadie resulta siendo culpable…

 

Pero insisto, la sociedad está enferma, talvez no en estado terminal, pero podríamos decir que, permanece “estable en cuidados intensivos” y va poco a poco camino a su final…Este es sólo uno, de los miles de males de la sociedad actual en la que vivimos, y se llama indiferencia a lo que sucede a nuestro entorno.

 

El funcionario del sector no hace bien su labor, sus jefes inmediatos solo reaccionan ante una llamada al orden que siempre es tardía, luego al poquísimo tiempo todo regresa a su estado normal, que no es otro que la inacción total…Y de esta manera el hombre pudiente y también el carencial, se unen por primera vez para dar comienzo a una danza sin final que representa el fin de la vida y el inicio de la supervivencia.

 

Este es el gran mal de hoy, producto de muchos miles de desajustes sociales:

 

El del mundo de hoy, con el hombre y mujer como seres intrínsicos, ya no vive, ha empezado a sobrevivir.

Al llegar a casa, le conté a mi esposa de este episodio que me trajo pensando gran parte del recorrido. El pensamiento en este hombre agazapado frente a bolsas de basura no me dejó un instante, se mezcló con el fastidio que me produjo el sol de invierno de Lima, que me quemaba la cabeza desprotegida ya desde hace mucho tiempo de cabellera; tanto así que tome un taxi para las diez cuadras que me separaban de casa. Fue un alivio que solo conocen los calvos.

 

 

–   ¿Por qué en lugar del dinero no le compraste un sánduche y un refresco o gaseosa?

 

Bueno ya está hecho, agregó…Sé que esas cosas te golpean dijo.

Recién caí en la cuenta de que lo que preguntó mi esposa, hubiera tal vez sido lo mejor.

 

Algo de comer en lugar de dinero. Procedí a lavarme las manos casi como un acto reflejo, y seguí pensando.

 

Me sentí fortalecido con el propio convencimiento de que, mientras queden en el mundo, muchas cabezas que no sean indiferentes a lo que pasa a cada instante a nuestro lado, este mundo mejorará.

 

Es mucho lo que queda por hacer…

 

Áticus, se aleja del escritorio incorporándose y va hacia la ventana, corre con la mano izquierda uno de los visillos y dirige la mirada hacia la verja de la entrada a su casa y luego mira hacia el final de la avenida, la gente pasa, los autos van y vienen, pero no el que espera…

 

Trata con el dedo índice extendido de apartar un bichito que revolotea entre el cristal y el tul, jalando del tul, el bicho vuela más libre, hasta que al fin escapa y desaparece por un costado. Se me sube a la cabeza, el pensar que tanto a este bichito que desapareció liberado del tul, como al hombre de las bolsas en la avenida, como a Áticus, este mundo les pertenece legítimamente por entero y por igual. Pero los hombres que hemos hecho con el, el mundo parecían mejor, para todos por igual…

Raro mortal es el hombre, nacer no pide, morir no quiere y vivir no sabe…ha empezado a sobrevivir…

 

 

Áticus esta vez acerca una banqueta a la ventana, da la vuelta al pestillo vertical y tira de el, separando las hojas hacia el interior quedando esta abierta de par en par. Acerca hacia sí el asiento y poniendo la barbilla sobre las manos juntas con los brazos abiertos hasta los codos, queda apoyada así su cabeza descansando sobre el marco.

Su mirada va hacia fuera, una brisa fresca inunda la habitación, la calle se extiende ante sus ojos jóvenes, se alternan las construcciones de los sesentas con las nuevas, al frente en la esquina más próxima, una casa ya deshabitada y a todas luces vendida, está en la sala de espera de las maquinas de demolición.

 

Lo primero que asoma al pensamiento de Áticus, es que pasará y por cuanto tiempo permanecerán erguidos los árboles interiores del jardín de la casa.   Parece un brócoli grande, frondoso, verde, redondo. Son dos, uno más pequeño que el otro, junto con las plantas menores, son los únicos soldados erguidos como representantes de la vida, todo lo demás, ha sido hecho por el hombre, pertenece al desarrollo, al avance al progreso, entreveros de concreto, ladrillos, vigas de madera, cristales, puertas y ventanas, por donde entró mucha gente y abundante luz.

 

Aparecerán hombres un día de estos, hablando a gritos, empezará la bulla y un tractorista diciendo lisuras y a los ojos de Áticus, habrá llegado la civilización. Primero los caníbales vendrán en una especie de desfile y se llevarán todo, lo que sirve, lo rescatable, lo negociable lo vendible, pero los árboles no, nadie los quiere, nadie levanta la mirada 18 metros arriba y ni siquiera nadie se atreverá a sospechar de cuantas vidas está hecho un árbol.

El primer día que un hombre insultó a otro, en ese momento empezó la civilización, y en eso estamos, todos, incluso Áticus, con sus pensamientos nuevos y neuronas absorbentes.

 

Áticus sigue observando, con ojos lentos y sueños presurosos, con grandes ansias de recibir contestaciones sensatas que le pinten un cuadro del porvenir que le espera, que no quiere para nada que sea como este; con un desdén que asombra por la vida, por la cordialidad, por la conversación, por el cuidado, por el esmero, por la compasión, por la solidaridad, por un mundo y una sociedad que se ha olvidado del espíritu al extremo de que este podría llegarse a preguntarse a si mismo: ¿Cuándo seré exterminado?.

 

Áticus ya no tiene su mirada puesta en el final lejano de la calle por donde espera que aparecerá su padre, a quien aguarda; más bien sus ojos permanecen fijos y ausentes en las siluetas aún vivas de los árboles que lo vieron desarrollar y crecer, que pronto serán desarraigados de la tierra, como si arrancara un mal…

 

En ese instante asoma Sofía su madre, se aproxima a él, que sigue con la cabeza reclinada sobre sus brazos mirando hacia fuera, y poniendo su mano abierta sobre su hombro le dice:

 

– ¿Que miras hijo?

 

– Nada mamá, vago. Mi cabeza vaga…

 

– ¿sigues esperando a tu papá?

 

– Me dijo que vendría temprano…

 

– Pero tú sabes que siempre se le presentan cosas importantes.

 

– Claro. Dijo Áticus con tono resignado…

 

– En que piensas entonces, ¿te pasa algo? estás pensativo.

 

– No, solo estoy buscando un puntito azul, estoy buscándonos a nosotros mismos, la tierra, el lugar en el que vivimos, tu y yo, todos, es solo un puntito azul…

 

– Créeme hijo que no te entiendo, dice Sofía con sorpresa, cual puntito, de que hablas.

 

– De la tierra, el planeta, la única casa que tenemos

 

– Oye, tú estás mirando al cielo y buscando a la tierra cuando nosotros estamos en la tierra, siempre estuvimos, estamos en ella, tú mismo dices que no hay otra. ¿Qué te pasa?…

– ¿Por cuánto tiempo más mamá? ¿Por cuánto tiempo más viviremos como hasta ahora? Además yo no estoy mirando al cielo, hablo de la tierra, de nosotros. Nosotros mamá pertenecemos a la tierra, no es la tierra la que nos pertenece a nosotros…

 

De pronto suena el celular de Sofía, la conversación queda paralizada de improviso, Sofía, gira sobre sus pies introduciendo su mano en el bolsillo de su chaqueta marrón oscuro y dice.

 

– Aló, sí. ¡Hola María Eugenia!, que novedades, cuéntame. ¿Todo

Bien?

 

Continua un diálogo intrascendente, Áticus siguió con su actitud anterior al momento en que su mamá entro en su habitación.

Sus oídos fueron sordos por voluntad propia, ajenos totalmente a ese parloteo para el sin sentido entre su mamá y la amiga.

 

Pasaron buenos minutos, como media hora, la conversación telefónica terminó al parecer, ya que Sofía ya no tenía el aparato en la mano, y dirigiéndose a Áticus dijo…

 

– ¿Me decías hijo?

 

–   No, no decía nada mamá, contestó fastidiado.

 

  • Ya sé que estas cosas te molestan, pero… Sofía es nuevamente interrumpida por el timbre del móvil que lleva en la mano.

 

  • ¡Ay caramba!

Dice, y mientras sale de la habitación contesta la llamada…

 

Áticus, con la mirada perdida en el panorama callejero y seguramente con los pensamientos fundidos, pensó; que el estaba en lo cierto al sostener siempre esa terquedad muy suya, de que las conversaciones no deben ser interrumpidas, es una falta grande de respeto hacia la otra persona, debemos siempre prestar atención completa a lo que hacemos en determinado momento; otra cosa diferente es el tiempo que le dediquemos a cada cosa que estamos haciendo, pero sea este momento corto o largo, lo que si debe ser, es de atención completa hacia el otro.

 

Es como si le dijéramos a la persona que está con nosotros, este tiempo breve o largo, es nuestro y de nadie más. Todos tenemos una voz interior, la otra voz, que nos dice: sí déjalo para mañana, debemos oponernos y ser siempre antagónicos con esa voz, ¿Cómo? Haciéndolo hoy, es la única manera de disciplinar nuestra vida.

 

Entonces, cuando te dispongas a hablar con alguien, apaga tu teléfono, civilízate a la inversa, sé mejor que los demás, hagamos, fabriquémonos un mundo mejor… Áticus ha comenzado por el mismo. Con el pleno convencimiento de que ese modo de vivir de hoy con acciones en simultáneo e inmediatas, de que hay a toda costa que estar siempre conectados, no es otra cosa que un tremendo cuento chino…

 

Entra nuevamente su madre a la habitación, Áticus está ahora sentado en la mesa de estudio, no levanta la mirada del cuaderno de notas, tiene un lapicero sostenido con los labios y con una mano ojea entre las páginas, Sofía toma asiento en el extremo de la cama más próximo al escritorio donde está su hijo y le dice…

 

– ¿Me puedes escuchar un momento?

 

– Sí, mamá, pero apagas tu teléfono.

 

– Sofía sorprendida, dice, justo ahora no puedo hacer eso.

 

– Bien mamá, entonces hablaremos más tarde, cuando tú dispongas de tiempo. Date cuenta, vienes, entras, yo estoy estudiando y repasando mis cosas y a pesar de estar ocupado me doy un tiempo para atender tu pedido, pero tú no tienes tiempo para mí…si yo tuviera un celular lo apagaría.

 

–   Si tengo, he venido interrumpe Sofía…

 

–   No mamá, no lo tienes para mí, apaga ese aparato y yo si tendré tiempo para ti. Hace solo un rato, estábamos hablando y el aparatito ese que nadie puede dejar ni un momento, nos ha interrumpido ya dos veces.

 

Sabes mamá, parece, digo mal, no parece, es, mucho más importante para ti comunicarte con el que está lejos que conmigo que me tienes a tu lado. Esto que te digo no solo es por ti, es por todos, seguramente lo tomas y lo toman todos como una moda. Suena tu celular y contestas sin más, tres amigas te han interrumpido y que has conversado, ¿algo importante acaso? Seguro que no.

 

– Solo dos llamadas he recibido, no tres como dices, acota Sofía…

 

– Bueno, pero con decir eso no cambias nada, pudieron ser más. Ese es tu mundo mamá, el de mi papá y el de todos, no es el mío… Yo te doy mi atención, pues dámela tú también.

 

– Hay hijo, no se en que mundo quieres vivir

 

– En uno mejor mamá

 

Me lo fabricaré y espero con la ayuda de todos

 

– ¿Cómo?

 

 

– Cambiando de actitud, siendo como dices tu misma, intransigente.

 

Ella se incorpora resuelta y con paso firme sale del cuarto de Áticus sin decir palabra.

 

Áticus, sigue con la vista fija en sus notas, por lo menos aparenta estar concentrado, pero tiene dentro más que atención a lo que hace, una mortificación y malestar… Se incorpora y se dirige nuevamente a la ventana, como si este lugar fuese su bastón, su salida, suspira profundamente y toma siento en la banqueta retomando su postura anterior apoyada en el marco. Va lejos de allí, bien distante, el malestar de haberle dado una negativa a su mamá le deja un sabor amargo en la boca.

 

Se hizo tarde y el padre de Áticus no llegó, se escuchaba la animada charla de la mamá de Áticus en la salita contigua. Ya lo vencía el sueño y pensó que era mejor dar por terminada la tarea y dormir. Mañana será un día diferente, mejor, un día nuevo, una actitud nueva, caminó hacia la salita y se despidió de su madre con un gesto mientras ella seguía su charla celular.

 

–   ¿No esperas a tu papá? Dijo su madre…

 

–   No, dijo Áticus, es tarde ya.

 

Y Áticus se quedó dormido…

 

Hace tiempo, casi 60 años llegó un intruso a los hogares, irrumpió sin pedir permiso y se quedó para siempre. Ese intruso dice y muestra escenas que son lesivas para niños y adultos incluso, y todo esto dentro del propio seno familiar. Hoy aparece el celular, un intruso no solo al hogar sino, a la propia persona. La agresión a la propia individualidad que ha generado este aparato, alcanza ya a límites insospechados.

 

Se privilegia hoy al que habla desde lejos y no a la persona que está al lado. El diálogo persona a persona se está muriendo, a menos que se tomen actitudes como la de Áticus con su madre.

 

Hay que aprender a dosificar el uso de este aparato que es una falta de respeto a la privacidad y a la comunicación de persona a persona.

 

  • ¿Y como hago?

 

  • Pues apáguelo cuando quiera vivir, enciéndalo después, para supervivir…

 

  • HBJ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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