Conozco hace ya un tiempo a Santiago, mi amigo. El no ve, al menos es lo que parece para cualquiera que no lo conoce. Es un hombre joven, de unos 36 o 38 años, no más. Su vida podría decirse que recién empieza. Como pasa con mucha gente, hay que hablar y conversar con él y, uno advertirá pronto que no es una persona común…Yo tengo la libertad completa de conversar con él y expresarme como me expreso con cualquier persona que sea vidente, que no sea ciego como lo es Santiago. Santiago nació ciego. Lo conocí no hace mucho tiempo y en realidad hubiera querido conocerlo con anterioridad. Su compañía y amistad me enrriquecieron, me amplió el horizonte, me hizo poder ver las cosas de otra manera. Por ejemplo, esta palabra “ver”, no es muy fácil de emplear abiertamente cuando se conversa con un ciego. Santiago nació privado de la vista, no puede ver con sus ojos, con sus propios ojos como se dice vulgarmente. Santiago está privado de la vista, pero no de la visión; y esto es una cosa totalmente distinta, se puede ver y no tener visión y por el contrario, es posible tener visión, amplia visión y no ver. ¿Estamos? Con él puedo ir al parque y hablar de los pájaros, de los árboles, de los perros y los niños, de todo lo que pasa, de un auto que pasa raudo sin tener en cuenta a los peatones en estas interseciones que como buena medida han conservado el nivel de la vereda, dándole a esta la preferencia. Santiago es un tipo espectacular…

Mueve la cabeza y el cuello con más soltura que cualquier otro ciego, abre sus párpados. Sus ojos son oscuros, su mirada es apacible e invicta, rara vez lo he visto usar lentes de protección, se le ve mucho mejor así, “a pelo” como yo le digo en broma. Santiago sonríe, y estoy seguro, se ve, que está en paz externa e internamente.

Me sentí impulsado a escribir esta nota, el primer día que ingresé a tomar un té en su casa. Era media tarde, fue a instancia suya. Te invito a tomar algo en casa me dijo, claro que sí, dije, vamos, y fuimos.

Tan pronto cruzamos el dintel de la puerta del saloncito, Santiago cruzó el brazo izquierdo por delante suyo y con su mano en el interruptor encendió la luz. Ese acto, esa actitud primerá para mis ojos, me hizo refleccionar un istante y pensé: ha prendido la luz, el ciego que encendió la luz. Me dijo enseguida, ponte cómodo por favor. Lo seguía con la mirada, él tocaba los respaldares de los muebles, hasta que llegó con el tacto a identificar su lugar preferido y se sentó. Dobló con tranquilidad su bastón de aluminio y se apoltronó, yo también estaba muy cómodo. Estábamos casualmente ubicados frente a frente, no dije palabra por un instante.

María, dijo Santiago, alzando un poco la voz. Voy Santiago, contestó maría. Al momento María apareció, cara franca, simpática, joven. Nos saludamos, y Santiago haciendo un ademán hacia mí, dijo, ¿nos tomamos un té?. Perfecto contesté, sin azucar por favor. María giró sobre sus pasos y se fue.

Ya el té ante nosotros, no me pude abstener de ver detenidamente todos los movimientos de Santiago para acercar sus manos a la taza y su platito. Tenía la cucharita al lado sobre el plato y, como a 10 centimetros la azucarera con el azucar que pidió Santiago. Acercó sus manos extendidas, apoyando los meníques y las partes laterales de ambas palmas, llegó al borde del plato, con otro de sus dedos llegó a tocar la cucharita y estirando los índices palpó la taza en sí. Está caliente, dijo. ¿te gusta caliente? Sí, le dije, no hay problema, está perfecto. Santiago, ya con la palma de su mano izquierda apoyada en la mesa, la apartó suavemente y llegó a la azucarera, esta tenía boca ancha, siempre con su mano izquierda, rodeó la boca de la azucarera y también suavemente la acercó a la taza. El borde del platito quedó junto al recipiente. Su mano derecha midió la distancia entre la taza y el azucar, todo esto con un dominio del tacto que me impresionó. Yo estaba en silencio y él también. Talvez debí decir algo pero no lo hice. Tomo la cucharita y sin dudar ni vacilar la introdujo en el azucar y se sirvió dos cucharaditas a medio colmar; apartó suavemente la azucarera y le dió unas cuantas vueltas al té. Rompió el silencio y dijo: el té debe ser oscuro, caliente y dulce. Dije a su vez, con caliente y cargado para mí basta. Tomó el borde externo de su taza y dijo, ahora sí, ya está para tomar.

Está muy bueno, me ha caido muy bien este primer sorbo dije, es la primera vez que estoy aquí en tu casa.

¿Te gusta?, me dijo

Sí, es muy acogedora, no hay ruido de la calle, aquí debes pasar buen tiempo del día, aseveré.

En efecto, dijo. Aquí escucho radio, veo televisión, converso como ahora y dormito, como no.

Es bien luminosa esta salita, hay ventanas por casi todos lados.

A propósito de luminosidad, al entrar encendí la luz…

Sí, dije de inmediato, lo noté y creeme que me llamó la atención. Como te dije Santiago, hay claridad de sobra en este recinto cálido y bonito, la luz eléctrica está sobrando.

¡No!, para mí no. Es como un impulso ¿sabes?. Ahora al salir la apago, el botón del interruptor cuando está salido para el lado de arriba es porque está apagado y a la inversa prendido, como ahora. El tono de voz de Santiago cambió, y dijo: cuando entro y enciendo la luz, miro siempre para arriba y mis ojos se abren más de lo normal, no sé, es como si esperara notar algo diferente. Algo como eso que ustedes llaman luz, resplandor, claridad.

Ustedes los que ven, talvez no lo notarán pero, hablan siempre de la luz en muchos sentidos.

¿Quieres verla Santiago? dije, creo o casi sin pensar lo que decía. ¿quieres ver la luz?…

No lo sé, pero hay una esperanza escondida siempre por algún lado de mí. Las palabras oscuridad o luz, no significan lo mismo.

¡Yo sé que nó! Santiago. No necesitas decirlo. Si la oscuridad o las tinieblas y la luz, fueran palabras que significaran lo mismo para tí, es porque tu estarías en una noche permanente. La oscuridad de pensamiento y de espíritu están muy apartados de tí. Es más, nunca es de noche para tí Santiago. ¿Sabes? basta con conocerte y compartir contigo.

¿Cuando una persona o mi hermana, dice, ¡Que lindo día! yo levanto la cará, abro más los ojos y pienso para mí interior, que sí és un día lindo, debo estar más alegre, siento una sensación diferente, pero no veo el sol brillar. No veo con ojos que ven como tú. Mi hermana dice: el sol brilla fuerte y le da vida a todo, las plantas, las flores, hay más colorido. Sí, siento el sol, porque calienta, porque está bonito, pero no lo veo. Nunca lo he visto, he sido ciego toda mi vida.

¿Te molesta no poder ver, Santiago?

No, molestarme no, pero puede ser que vea algún día, un día de estos. Por eso prendo la luz, un día se encenderá para mí también.

En tu caso Santiago, yo veo que la ceguera es una virtud.

Eres indulgente conmigo querido amigo.

Tu puedes ver lo que otros no ven, tu aprecias las cosas de un modo diferente. Recuerdo que fue al tercer o cuato día en que nos conocimos, me pediste permiso para pasar la palma de tu mano sobre mi rostro.

Sí, lo recuerdo. Conozco tu cara, sé como eres. Pero no lo hago con cualquiera, solo algunas personas a que me interesa conocer mejor.

Gracias, Santiago. Dime. ¿Hay algunas interrogantes que internamente tienes en tí dando vueltas?…

Sí, tengo algunas.

Una de ellas.

¿Verán los ciegos a Dios? ¿Como es la luz? ¿De que color es la falta de luz siendo un vidente? ¿Como es el color rojo que tanto le gusta a mi hermana? ¿Es negra la oscuridad? ¿Como es el negro? tengo algunas otras, pero ahora te he dicho las principales, casi creo en órden de importancia.

No eres una persona común Santiago, tienes muchos valores. Vivimos tú y yo en un mundo que tiene muchas cosas, muchas horribles que es mejor no ver. Tú no las ves…

No. Pero no me gusta vivir de espaldas a la realidad, es como si me sintiera ajeno al lugar en que vivo. A este mundo en que me ha tocado vivir.

Te pregunto Santiago. ¿Aceptas este mundo que Dios ha fabricado para tí?

Si, lo acepto. Estoy aquí, como tú, como todos.

Santiago, permíteme tratar de contestar tus interrogantes: Yo, Santiago, Tengo la misma imagen de Dios que tu tienes. Pero tú estás más cerca de él que yo. Tú no tienes otras imágenes que distraigan tu pensamiento, se me antoja hacer un ejemplo que creo ayudará: si estás una noche en tu cuarto, escuchando que una voz femenina o masculina habla por la radio, estás en ese momento con todos tus sentidos concentrados en las palabras que escuchan tus oídos, el agente que viene a tí es solo palabras, tus otros sentidos se imaginan, como es el que habla, el lugar donde está. Y aún mejor, si lo que escuchas es interesante y te dice algo, tu mente se amplía, tus pensamientos viajan lejos, a gran distancia. En cambio si en lugar de escuchar radio, veo y escucho la televisión, varios de mis sentidos están ocupados, son muchos agentes lo que llegan hacia mí, él o los que están en la imagen, la escenografía y todo lo demás. Cuando escuchas la radio, la puedes escuchar hasta sin querer, la televisión no, tú si no lo deseas, no ves. Si hay alguien que pasa gritando por la calle, tú la escuchas aún sin querer. Te lo diré con las únicas palabras que conozco, las mías: somos todos un cuerpo y un espíritu, inseparables hasta que el cuerpo deja de vivir, en cambio el espíritu, el alma, ese soplo vital, ruaj para los hebreos, neuma para los griegos. Ese viento vital no morirá jamás. No es posible separar a Dios del espíritu, ni al espíritu de Dios. Quien lo niega, no es que mienta, sino simplemente no sabe lo que dice.

Que crees que es la luz, sino Dios. No me refiero por cierto y tú lo sabes a la lámpara incandescente que es la que tu siempre prendes al apretar el botón del interruptor. La luz a la que me refiero, yo también espero poder verla y ojo “soy vidente”. Ten por seguro amigo mío, la veremos el día menos pensado. Yo tampoco la he visto nunca. En cuanto al color negro. Negro es todo lo que es elegante, sobrio, el negro es lo contario del blanco, como el día tremendamente luminoso del que habla tu hermana. Los pensamientos malos, los deseos torcidos, las cosas que no son buenas, son negras. El negro es un color contradictorio. Cuando sientas una sensación agradable, alegre, imágínate el color blanco. La luz, esa luz divina de la que hablamos, debe ser blanquísima. En cuanto a la oscuridad, la buena oscuridad, la que hace bien, te diré: haz la prueba. Entra a tu cuarto, apaga la luz, cierra tus ojos, apoya tu cabeza en la almohada y la oscuridad estará contigo. Sirve para descansar.

He dejado para el último ese color rojo que tanto le gusta a tu hermana. ¿Alguna vez has sentido una sensación especial por algo o por alguien? ¿Tu hermana está enamorada? ¿Sientes tú alguna sensación especial cuando María te avisa que esa persona a la que esperabas con ansias, ya avisó que llegará a verte en menos de 5 minutos? ¿Te causa mucho placer sentir roncar junto a tí en las noches a tu perro? ¿Cuando tu padre con su modo característico toca tres veces el timbre de tu casa? ¿Sientes algo? ¿Que sientes cuando María te dice que ha llegado correspondencia para tí de ese lugar que solo tu sabes? Pues, Santiago esa sensación es de color rojo? como tu chompa, como el vino que toman a veces, como esa chompa que tienes puesta ahora.

Cuando tengas una alegría muy fuerte es de color rojo. No es ni blanca , ni negra, es roja. Tienes suerte Santiago, tu tienes un porqué para vivir, encontrarás el cómo sin duda. Tú eres mi amigo ciego que todo lo ve. Ha, y me estaba olvidando de un color maravilloso, tu eres un hombre esperanzado, ese afán tuyo de prender la luz cuando entras a un cuarto y apagarla cuando sales, no es otra cosa que esperanza. Cuando tu esperas que algo suceda en tu vida y contigo, es porque guardas esperanza. la esperanza es verde, como el mar, como la grama de los prados y jardines; es cierto que hay momentos que el mar no es verde sino azul, como el cielo. Sobre esto te prometo hablaremos la próxima vez que nos juntemos. Así querido amigo, relaciona los colores a los sentimientos humanos y podrás ver los todos los tonos que tiene la vida mejor que cualquiera…

Vendré pronto y esa vez que venga traeré un ramo de Astromelias para ese florero que tienes allí.

Imagínate el color…

HBJ.