Desde el umbral.

02/10/2016
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“UMBRAL”. La latitud del silencio.

Jueves 1ro. De Enero de 1987.

No me permito olvidarme de Vicente, el fue quién me señalo el camino, de mi esposa por su actitud paciente y resuelta, de mis hijos por su callada comprensión, de mi madre, de plegarias, renuncia y aceptación y por último de Dios, por su eterna compañía, en esta última cita están anónimamente involucrados todos mis anónimos compañeros para quienes guardo una especial y singular gratitud.

Papá, si no puedes venir del azul, mándame un regalito…

Tendré que decirle a Julián que me ayude a subir al cuarto de ropa de la oficina todas mis cosas, no pueden quedarse allí de ninguna manera;

Cualquier persona que pasa al lado del auto habrá de darse cuenta de todo lo que hay dentro…todo desordenado, corbatas, bolsas, mis cosas, folletos y cajas de zapatos, el mundo submarino de Jacques Coustou, más libros, recortes, fotos. Todo y de todo…hasta un crucifijo de tamaño poco usual, efigie color hueso crucificada a un madero color nogal que está recostado encima de todas mis cosas sobre el asiento posterior de mi carro.

Día Jueves 1ro de Enero de 1987, es noche ya, en fin, estoy sentado en el negro sillón de mi oficina, hace calor, tengo las manos asperas y blanquecinas del talco de tiza del billar del Club Regatas, estuve jugando con el menor de mis hijos, Luís Pablo como yo; hemos pasado juntos casi todo el día, yo no lo estamos, tampoco está Paul un amigo, un antiguo y viejo amigo, el no sospecha nada, no nada…las 8.15 pm.

Son las 8, más de las 8 de la noche y me siento lejos de todo, aparte de todo; una especial sensación de separación que me invade y no me gusta, siento como si algo parecido a la soledad hubiera venido a acompañarme…siento los pasos de Julián en la calera.

  • Señor Luís.

– Si Julián dígame.

– Señor, yo voy a correr la cortina de la sala de espera del personal, podré ver el carro, hay gente que pasa.

– Muy bien Julián, gracias.

  • Señor, yo tengo que ver atrás y arriba, voy a subir a la azotea de allí se ve todo bien. No se preocupe de su carro, cuando usted me diga yo le ayudo señor como siempre.

– Lo sé Julián, gracias, mañana muy temprano, veremos que hacemos, evitemos ahora la oscuridad.

Don Julián yo voy a quedarme aquí esta noche.

Bien señor.

Y Julián se aleja con su andar despreocupado y bamboleante.

Diez y media de la noche, suelo a esta hora en casa cuando ya me recojo dar cuerda a mi reloj, duermo siempre sin el, lo dejaré sobre mi escritorio. Dormiré aquí, si encojo las piernas un poco quepo a lo largo, no está mal, es de cuero y hará calor, bajaré por la bata es como

de felpa, la tenderé y así aislaré el cuero pero, debo subirla del carro, ojala este a la mano entre tanto laberinto. Puedo hacerlo mañana al acomodar todo, mañana antes que nada.

Hablaré con mi esposa y todo será normal, todo cambiará, esto no puede ser así; me paro sobresaltado asomándome a la ventana que da al jardín y diviso mi carro al otro extremo, la luz interior es casi mortecina, los carros en tránsito iluminan furtiva y esporádicamente.

Todo bien señor, me bajé a ver que pasaba, no tiene que preocuparse por nada.

Lo veo en el hall desde el segundo piso, mi oficina está allí, gente como él con su permanente disposición son excelentes acompañantes siempre; un leve temblor, frío e intenso temblor que me acosa instantáneamente, he dicho “siempre”, sin querer o presintiendo talvez, siempre.

Palabras que dichas una tras otra significan continuidad; pero, ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué hago yo aquí?, tengo mi casa y no está lejos de donde estoy ahora, tengo esposa e hijos, vivimos juntos, me quieren y los quiero…pero entonces que estoy haciendo solo aquí yo, y ahora.

Son las 12, o un poco pasadas las doce, empieza otro día y el mismo problema. Dos de Enero de 1987. Viernes ó Sábado.

Me incorporo de mi asiento y me asalta una angustiosa inquietud, de mañana ingresarán los empleados y yo aquí, todo revuelto…

Venancio, Salazar, Ausejo aparecerán como de costumbre primeros. ¿Y que?, yo estoy aquí. Soy el jefe, no se darán cuenta de nada, ni les importará.

Me bañaré y me afeitaré. “Siempre” no puedo menos que sonreírme, “siempre”. Otra vez lo mismo, solo estaré aquí ahora, mañana será diferente, además yo puedo entrar a mi casa cuando quiera; sí claro. Claro que puedo. Todo tiene que salir bien. Tengo que dejar de preocuparme por si alguien llega aquí temprano, ya que yo soy el que no estará aquí…

Hasta mañana señor, me dice Julián.

Hasta mañana, solo apague la luz de la escalera, le digo.

No estiraré los pies, apoyo los pies en el brazo del sofá y doblo las rodillas, mi vista se estrella contra el cielo raso, mi horizonte provisional, siento alivio en la cintura y en las pantorrillas, ¿la tensión?

¿el billar?, seguramente las continuas flexiones sobre la mesa. Me incorporo y me siento. Me transpira la nuca, es el cuello, no puedo pensar, no me encuentro, ¿que pasa conmigo? , brilla el reloj pulsera sobre la mesa de centro, el resplandor de la calle mi dice la hora, han pasado las tres primeras horas de este nuevo día que será también interminable. Siento el sonido del mecanismo de mi reloj en la quietud.

Algo grave está ocurriéndome, me siento como al borde ó al filo no sé de qué, y no es una situación nada cómoda por cierto. Es incómoda y cansa, agota…un sordo sonido gutural y reconociblemente viene del hall del primer piso, Julián ronca a sus anchas, es parte de su estilo criollo de vigilar.

He dormido algo también, creo que no ronco, al menos ahora aquí, Elena mi esposa me despertaba moviéndome para que no continuara roncando.

Siento extrañeza al haberme referido a mi esposa en pasado, en efecto es pasado, sucedió antes, no debe molestarme pero me resulta clara la sensación de lejanía, como si yo hubiera tenido que abandonar mi casa hace mucho tiempo. Solo hace unos días.

Me preocupa. Estoy aquí, el ruido de un motor de liberado sonido quebranta la noche y denota irresponsable prisa, casi las cuatro en mi reloj y en la noche; si juntara tres palabras de las pronunciadas por mí hace un momento, formaría una frase de poco acorde pero que para mí no deja de tener sentido, estas son: liberado, irresponsable, prisa y quebranto, al fin son cuatro y no tres y tienen sentido para mí; hasta las identifico como definiciones un tanto abstractas si se quiere de algo que me acontece, algo que me sucede, es mi vida, ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué hago yo aquí?

Por qué se sube a mi memoria el cristo que tengo en el carro, tendré que ponerlo en el closset, junto a la terma y lo taparé con mi bata; tiene más de un metro de altura es como cosa rara en cualquier empresa; pero no es la ubicación lo que me hizo recordarlo es otra cosa, es algo más profundo.

Hasta se me antoja pensar que tengo dentro de mí un cristo sin cruz, o talvez una cruz sin cristo, lo primero es un anatema y lo segundo es un peso muy superior a mis posibilidades.

Es jueves, también jueves, la fecha 8 de enero del 87, me siento bien, diría que muy bien. Experimento una sensación de alivio, como si me hubiera detenido al borde del sendero y luego de descolgar la alforja de mis hombros extraje de ellos el peso que me estaba molestando y dejándolo en la berma, reanudé la marcha cómodo y ligero. Es como si la paz de haberme aliviado de una carga excesiva, hubiera solucionado un conflicto hondo y antiguo.

Buenas noches Jorge, ¿todo bien?

Buenas noches señor, todo sin novedad y no ha llamado nadie hasta ahora.

Jorge, es un muchacho tranquilo que cubre labor de vigilancia desde las seis de la tarde hasta el final del día. Tiene una rara virtud, la puntualidad.

Son las 10 con 5 minutos de esta noche, desengancho la pulsera de mi reloj y le doy cuerda al tope, una costumbre que se hizo costumbre, subo con el reloj en la mano la escalera peldaño a peldaño que da a mi oficina; también mi habitación por ahora, también mi dormitorio, comedor, escritorio y sala de estar.

¿Mi casa?, el lugar donde vivo ahora y desde hace ocho días, pero, esta noche, precisamente esta noche, primera noche que diría me siento a gusto aquí, por lo menos en este momento; ¿Qué ha sucedido? Se día que hay algo nuevo en mi actitud, como si deseara yo recibir mucho de muchos y a su vez yo también siento haber dado mucho…pero, que estoy diciendo, como podría dar yo tan siquiera un poco, si todo el mundo diría que lo he perdido todo.

Aparentemente no puedo dar nada quien no tiene nada.

He venido en el viaje de regreso, luego de mi reunión en AA, pensando en que seguramente tendría una llamada de teléfono que llegó en mi ausencia, y no fue así. Desasosiego talvez y desconsuelo, pero no más. Esta noche he sentido que he comenzado a ser humilde, he empezado a alejarme de la soberbia.

Veo a la humildad como un gran prado, un inmenso solar circular y concéntrico al lado, no cerca, otra inmensa área muy grande, la soberbia, talvez mayor pero igualmente circular con alturas y abismos en competencia; si llegara a acontecer que estos círculos se juntaran, el lugar de unión sería solo un punto común, solo un punto de convergencia para toda esta inmensidad perimétrica.

A este lugar de tiempo y espacio yo le llamo “latitud de silencio”, tiempo y lugar por el que hay que transitar, paraje solitario que exige silencio y soledad, largo camino que viene y conduce, desde y hasta los centros mismos, ó de la soberbia virtud demoníaca, y de la clara y transparente humildad, rara y singular actitud en la vida.   Así pues, un día cualquiera, como este por ejemplo, estas dos enormes circunferencias en un instante hacen coincidir en un punto preciso el principio y el fin de cada uno de estos dos senderos que a manera de dos enormes radios unen el borde y el centro mismo de estas dos áreas circulares. Por uno de ellos; el primero puede uno iniciar el camino que lo aparte de la soberbia, a su vera y a cada lado hay cantidades innumerables de bultos y prendas abandonadas, nuestros antecesores las dejaron allí reduciendo su carga y su peso y prosiguieron su marcha.

Nadie ha identificado hasta hoy y han sido muchos los caminantes, ni el lugar ni el momento exacto en que dio el primer y el último paso, es decir el punto de límite exacto en que se traspusieron los linderos de la soberbia a la humildad. Por el otro sendero, en cambio, el viajero advertirá que a la vera no hay no hay objetos ni fardos, nada de materiales sin dueño, es un camino despejado, tiene novedades, más no sorpresas, no existe prisa, ni pausa, por el se puede andar tranquilo, seguro, confiado, es una ruta que provoca recomendar. A lo largo del sendero el panorama responde a estímulos diferentes y exige del pasajero también una actitud diferente. Me pregunto en este momento como será el paisaje de la sobriedad, que rasgos y gestos tendrá su silueta; puedo estar seguro; sin duda alguna que por aquí, por este mismo sendero se camina en dirección a la humildad, sin embargo, aún a pesar de todo no sé, si la sobriedad queda antes o después.

Una llamada para usted señor.

Si Julián, de donde.

No sé, señor, no sé.

Esta bien, atiendo, me olvidé por un momento que Julián nunca inquiere, solo el recado parco…en fin, para que más…Aló, si Aló.

¿Señor Pablo portales?

Sí, él contesta, dígame para qué soy bueno.

Señor portales, lo llamo de parte de Rosi Vergara, quien me recomendó para lo del alquiler de una habitación en mi casa.

Ah sí, por supuesto, encantado se lo agradezco. Cuando podría verla, me interesa mucho esa posibilidad; perdón ¿con quien tengo el gusto de hablar?

Hay, dispense señor portales no me había presentado, mi nombre es Cecilia del Prado, mucho gusto.

Bien, ¿señora o señorita?

Señorita…

Como le repito señorita, deseo ver el cuarto cuanto antes, ¿tiene baño como me dijo Rosi?

Sí, claro que sí, es muy bonito y muy cercano para usted ya que entiendo su oficina está muy cerca de aquí.

Sí así es, entonces será hasta mañana sábado a las 11 de la mañana, ¿está bien a las 11 de mañana?

Correcto allí estaré. Hasta luego Cecilia y muchas gracias.

Fecha de hoy Sábado 15 de Agosto de 1987, Sábado largo este, más largo que cualquier otro Sábado.

No me siento bien, no muy bien. Tengo un tonto malestar que me acompaña desde temprano, ya son cinco meses que vivo aquí en mi nueva habitación, cumpliré también ocho meses desde que tuve que dejar mi casa. Todo fue brusco aquel día, desde que mi madre y yo salimos de mi casa esa noche aciaga, una actitud rotunda, resuelta y absoluta de mi esposa así me lo exigió.

Las cosas de mi madre fueron retiradas poco a poco de mi casa, ella vive hasta hoy donde mi hermana. Todo fue tan repentino y ese mismo día la llevé allá y allí permanece todavía.

Es ya Domingo, amanecí con deseos de caminar, es bueno caminar, la hora 6.30 ante meridiano, parece que será un buen día. En la segunda hoja del libro que leo a diario, hoja por hoja, todos los días y una a la vez; está escrito lo siguiente:

Cuidad bien este día, porque es vida, la verdadera vida de la vida; en su breve curso se hallan todas las realidades y verdades de la existencia; la bienaventuranza de la perfección, el esplendor de la acción, la gloria de la fortaleza.

Porque el ayer, no es sino un sueño y el mañana tan solo una visión.

Pero el hoy, bien vivido hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Cuidad por tanto este día.

Hoy como aquel día, ya no es ayer, el mañana aún no ha llegado y hoy, es el ahora en el que estoy moviéndome en medio de todos con una nueva actitud, voluntad y fe.

Hasta hoy han transcurrido 764 días desde que cambié de actitud en mi vida, 758 días desde que asistí a una reunión de doble A, no fui con el propósito de dejar de beber, me llevó el deseo profundo de que en mí tendría que operarse un cambio, un gran cambio, una nueva actitud ante todo y así fue, cambió: hoy 2 de la tarde del 2 de febrero de 1989, estoy celebrando un nuevo día en el que ha vuelto a ocurrirme lo mejor de lo que dentro de mi nueva actitud me podría acontecer, no he bebido. He vivido.

Como vive la gente común, comúnmente con problemas, talvez sin conflictos. Creo que he aprendido a manejar y gobernar la mayor parte de mis deseos, de mis ansias y he encontrado la manera también de hacer mis desvelos placenteros.

Es verdad que mi vida afectiva con mi esposa y mis hijos no es aún después de todo este tiempo lo que yo y ellos esperamos que sea, pero estoy camino de lograrlo, ejemplo y perseverancia sólo un poco más.

Hoy como desde días no cercanos, he comenzado y continúo con la reparación directa que siento debo hacer y que se que de mi se espera. Debo de esa manera caminar hacia la sobriedad remendando y zurciendo todo tipo de deterioros que fui destejiendo poco a poco sin darme cuenta y sin reparar en la actitud que asumía, ignorante talvez del daño que causaba, pero no por ignorante exento de culpabilidad.

Tengo el firme convencimiento, modo de pensar y decir celebrado y analizado por todos los miembros de mi grupo, qué, todo aquel que llega a doble A para encontrar la manera de dejar de beber, sigue bebiendo…

Más bien, todos los que conozco que llegaron a las puertas de la “latitud del silencio” para cambiar su manera de vivir y de actitud ante la vida, son los que pudieron en determinado momento hacer el silencio justo, suficiente y necesario dándose cuenta luego que habían dejado de beber, que ya no bebían…

Otras cosas mucho más profundas que el simple acto de beber fueron las que cambiaron.

Dentro de todos estos grandes cambios e importantes mutaciones, yo aprendí antes que nada a escuchar a todo aquel que tiene algo que decir, aprendí a escuchar sin hablar, en pleno silencio; me he dado cuenta que de esta forma, cuando uno escucha con atención queda uno relevado de intervenir, todo lo dicho, fue justo lo necesario, para qué entonce intervenir.

Si por el contrario lo que se oye son únicamente necedades ó majaderías, el silencio ó replicar cuerda y sobriamente.

Hay algo que también llegó a mí sin que lo advirtiera y que ha obrado en mí un cambio fundamental; y es, la aceptación total de que muchas veces solo no se puede y, a solas, mucho menos; qué importancia y belleza incluso tiene la acción de compartir; entregar recibiendo, dando para obtener; me imagino qué cuando nos acercamos a beber de una fuente de agua fresca, son dos las sensaciones agradables: primero el placer experimentado por el que bebe el agua fresca y las alegrías de la fuente, la propia fuente por haber servido de pausa refrescante.

Es difícil para nosotros estar en el exacto y pleno conocimiento de lo necesario que es para muchos que estemos dispuestos a compartir, no alcanzamos a comprender lo bien que nos hace a nosotros mismos, el ayudar.

Ese poder superior del que tanto hay que hablar no es otra cosa que el afán de dar y también de recibir de todos y cada uno de los socios silenciosos por una causa común. Hoy transito junto con ellos por un camino por el que me es agradable caminar, tengo sensaciones que antes no sentía y he descubierto también que la verdadera sabiduría de vivir, están en alcanzar a reconocer y aceptar que entre el blanco y el negro existe una inmensa variedad de grises de bellísima tonalidades.

Son las 5 de la tarde con 14 minutos, uno de los ingenieros entra a mi oficina a decirme que consiguieron uno de los elementos para un antiguo radio receptor ya descontinuado, es una buena noticia. Está radio es de mi propiedad de un modelo tan antiguo que causa sensación, capta muy bien las ondas de ultramar.

Las buenas noticias como las grandes ideas, llegan suavemente como las mariposas amarillas; si escuchamos con atención oiremos entre la revoltosa generalidad y el tráfago de estos raudos días, un tenue aleteo, el tímido despertar de la vida y la esperanza.

Siento sonar el teléfono…

Hola, ¿Luis Pablo?

Sí, Cesar soy Luís Pablo, dime.

Sabes, te molesto porque estoy sin carro y no lo tendré a tiempo para mañana; ¿puedes pasar por mí? ¿Vas a ir tú no?

Si Cesar, como no. Pasaré y así vamos juntos a la reunión. Gracias entre 20 y un cuarto para las ocho, como antes.

Correcto César hasta mañana, adiós.

HBJ. Escribidor sencillo, felices 24 horas…

 

 

 

 

 

 

 

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015