Cuando valga la pena en Bombon Point…

28/12/2016
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En la sucesión de acontecimientos que se describen, los lugares y todas las personas existen, salvo algunas que para morir necesitan finalmente que nuestra memoria se agote, tales como: los 70 premios nobel, Piter Binaiqui’s, Berkeley, Bombon Point, los bolivianos de los Mack , los Golfos, las solteronas Goycochea de la calle Melgar, La Cabaña de Fortunato, Masías, Paulet el “vate” punteño, la viuda de Clicquot, el chino Arturo, la calle Grande y la casa de adobe y quincha, con su entablado del segundo piso. Todos ellos, sólo son piezas menores en el afán de construir y estructurar un relato que es un testimonio de lo que es capaz de edificar el amor, y en el afán de que el personaje principal, ese que no quiere protagonismo ni luces que la enfoquen, continúe vigente: doña Clotilde.

Don José Lizárraga padre de José y Jaime era Administrador de la Compañía o Estanco del Guano en La Punta de Bombón; la misión era: extracción, transporte, almacenamiento y comercialización del guano, que se usaba como fertilizante y tenía gran demanda en agricultura. Lo traían de las pequeñas y deshabitadas islas del litoral en una flota de unos 6 a 7 camiones marca Mack que para la época eran de gran tonelaje, conducidos exclusivamente por choferes bolivianos. Los camiones con su característico distintivo del bull dog sobre el capot, traían el guano en sacos y lo depositaban y estibaban en rumas en el local que tenía la Compañía.

En la calle San Martín más conocida como la calle Grande, estaba el Estanco y a media cuadra la casa de dos pisos de los Lizárraga. Ambas quedaban a la altura de la plaza principal, la misma plaza de la municipalidad y de la iglesia del Señor de los Desamparados. El local de la Compañía tenía en la parte posterior un gran patio de almacenamiento donde se juntaban los muchachos con José a la cabeza, para jugar a la pelota o la cowboy alrededor de las rumas y casi dentro de ellas mismas, y Jaime con su “calito de fielo” retozando con toda su inocencia a cuestas. En esa época los conocían como los “hijos del guanero”.

La Sra. Clotilde Álvarez era mamá de los Lizárraga, cariñosamente era conocida como la Cotola. Era maestra de inicial, la escuelita de las primeras letras funcionaba en su propia casa. La Cotola consideraba que la educación y el conocimiento era lo más valioso que podía dar a los niños, y a sus hijos con mayor razón. Lo cierto es que profesaba una especie de religión donde los 10 mandamientos eran sus hijos; los muchachos no defraudaron, inclusive alcanzaron más de lo que podría imaginar la fantasía de una madre, cumpliendo sus sueños. La señora quería lo mejor para ellos, los hizo mirar en el espejo de sus sobrinos de Cocachacra, los hijos de su hermana, los Montoya Álvarez, anhelando para José y Jaime un futuro de éxitos y carreras que valgan la pena, y vaya si lo consiguió.

El padre murió en 1948, y los chicos solo tenían 11 y 10 años. Como consecuencia muchos cambios vinieron después de esa fecha; la viuda compraba maíz, y había que desgranarlo. Tenía una hija adoptiva que le ayudaba en todo, la Socorro y su perro guardián Goliat, también hubieron muchas manos desinteresadas del pueblo que le ayudaron a desgranar, luego ponía el maíz en costales para comercializarlo en Arequipa o Tacna; pero el cambio más significativo fue que los amigos y los padres de los amigos, dejaron de llamarlos los “hijos del guanero”, para ser los “hijos de la Cotola”.

Las buenas relaciones de don José le habían regalado dos botellas de fino champán, y premonitoriamente indicó que las tomaría cuando valga la pena; la marca era de lujo: Veuve Clicquot. Las botellas adornaban la vitrina del comedor familiar y pasaron a ser intocables; primero, por respeto a la memoria de su difunto esposo, y luego porque la Cotola se enteró que veuv significa viuda, y forzó la similitud entre la viuda de Clicquot que al morir el marido asumió las riendas del negocio familiar, con ella misma que asumió la posición de padre y madre de José y Jaime.

Para la secundaria fueron al colegio San Francisco de Arequipa, vivían en la pensión de las señoritas Ángela y Laura Goycochea, en la calle Melgar junto a la Iglesia de Santa Teresa; eran unas solteronas cucufatas y chapadas a la antigua, muy estrictas, les exigían hacer sus tareas, de lo contrario los castigaban y hasta pegaban, querían hacer de sus pensionistas unos chicos modelo, que asistieran a misa y comulguen todos los domingos; pero lo que más les mortificaba a los hermanos Lizárraga era que les daban de comer “muy poquito”, precisamente a ellos que estaban acostumbrados a comer hasta la saciedad en La Punta natal. En la misma pensión estaba su paisano Hernán Tejada Ascuña. Luego pasaron al colegio Militar Francisco Bolognesi formando parte de la tercera promoción, la de 1956. En el Colegio Militar la comida mejoró notablemente pero no se libraron de que siendo “perros” les pegaran los de años superiores, es decir los “chivos” y las “vacas”, aún así la cosa fue distinta y estuvieron muy a gusto. En el militar los conocían a José como el “panzón”, y a Jaime como el “flaco”.

José destacó como basquetbolista, y Jaime que no terminaba de crecer fue el abanderado de la escolta, y en esa época empezó a destacar nítidamente por su gran simpatía. Estuvieron con Saferson , y Francisco Aramayo Pinazo de Puno. De Juliaca vino Pedro Benique, que se hacía llamar Piter Binaiqui’s; y de Mollendo se sumaron Memo Romero, el gordo Carrera y Gustavo Calienes.

Estuvieron unos pocos meses en La Punta antes de viajar a los Estados Unidos en 1958. En febrero como en tantos otros veranos llegó el doctor Corzo Masías, siempre fue un visitante ilustre, pero ahora como prefecto de Arequipa y rector de la universidad de San Agustín, se imponía un homenaje.

De la organización y de las palabras de bienvenida en el restaurante La Cabaña de la calle grande, se encargó Mario Paulet, conocido como el “vate” punteño, era quien se mandaba con los discursos y las poesías, algunas de su propia inspiración. 

Mario dijo que no correspondía invitar cerveza a tan alta investidura …”solo a Fortunato se le ocurre invitar ese trago de chunchos”. Llamó a José Lizárraga y le pidió preguntar por un trago “más fino” en la tienda frente a La Cabaña, la más surtida del pueblo, la del chino Arturo Siu. José solo dio unos pasos y retorno sobre los mismos…”Mario, yo tengo dos botellas de champán”. De puro entusiasmo le dio las llaves de su camioneta para que fuera sin demora a buscarlas.

José y Jaime, habían pretendido tomarse el champán en reiteradas oportunidades, pero la Cotola siempre les decía que lo harían cuando hubiera una ocasión que valga la pena. Cuando José le explicó a su madre las razones por las que ahora solicitaba las botellas, esta vez la señora consideró que después de 10 años de la partida de su esposo, Alfredo Corzo Masías sí valía la pena.

Mario pidió otros vasos, los vasos que habían puesto no eran los apropiados y traían un sello con la propaganda de la cervecería arequipeña; Fortunato Ampuero dueño de La Cabaña, tenía felizmente unas copas que nunca usaba porque la ocasión de servir champán era muy remota, siempre servía cerveza.

El “vate” dio unas palabras breves a manera de brindis en honor al doctor, resaltando nuevamente sus virtudes. Mientras esperaban a José ya había desplegado un “rollo” caracterizado más por la extensión que por el contenido, de manera que cuando llegaron las botellas de Veuve Clicquot, las sirvieron de inmediato, y alcanzaron felizmente para una sola rueda.

Mario dijo salud, y fue el primero en tomar, allí se dio cuenta que el champán estaba pasado, e hizo un gesto de complicidad a José, que entendió “al tiro” y no tomó. Los asistentes eran unas 12 personas; Corzo Masías era una persona muy educada y se sirvió toda la copa de champán sin ningún gesto de reproche, los asistentes imitaron al doctor y elogiaron la calidad de la bebida asociada a las celebraciones especiales.

El champán es un vino blanco espumante; sobre el corcho va una tapa de hierro sujeta con un alambre. Tiene doble fermentación por lo tanto el corcho sufre gran presión, la botella debe ser robusta para soportar la presión y el corcho grande, si cede entra aire y se avinagra. Mario después del brindis en voz baja le dijo a José con gran preocupación…”ojala nomas que no les vaya a soltar el estómago”.

A mediados de ese año de 1958, los hermanos viajaron a California, e ingresaron a estudiar en Berkeley. Sin duda una de las más prestigiosas universidades, está entre las cinco primeras del mundo. Ninguna universidad dedica e invierte tanto en investigación como Berkeley. Considerada como la “madre” de la bomba atómica que dio fin a la segunda guerra mundial. Entre sus miembros han ganado más de 70 premios Nobel. Siguiendo la tradición del gran activismo político de sus alumnos, los Lizárraga participaron en las protestas contra la guerra de Vietnam. Conocidas son las marchas de Berkeley, ellos no se dejan engañar por los servicios de inteligencia, ni por la farsa del Golfo de Tonkín como pretexto para entrar en la guerra de Vietnam, ni posteriormente por las inexistentes armas químicas de Saddam para desencadenar la guerra del Golfo Pérsico.

Se recibieron como ingenieros en California, y volvieron al Perú casados con gringas vinculadas al ambiente universitario. En Lima les fue muy bien como profesionales, vinculándose con los mejores círculos sociales. Jaime tenía un carisma innato, conseguía cautivar con su presencia, era un moreno alto muy bien plantado, dicharachero, con quien nadie podía parar de reír.

Jaime era conocido y un referente por sus “bocinazos” en Acho; que exige tener una gran capacidad de síntesis para gritar lo correcto cuando la plaza guarda silencio absoluto, no como algunos despistados que piden música cuando no corresponde. Para lanzar el bocinazo hay que conocer todos los detalles de la fiesta taurina, Jaime los conocía y tenía la chispa tan especial y propia de la gente del valle.

Solamente una vez llevaron a sus gringas a La Punta de Bombón…” primero hay que pasar por Matarani Port, luego por Mollendo Beach, para llegar a Bombon Point”, repetiría muchas veces Jaime.

En esa época no existía el puente Freyre y se llegaba por donde siempre, por La Curva. Era verano y encontraron el río crecido, necesariamente con la ayuda de un caballo había que vadear un brazo del río, felizmente había un muchacho con un caballo, era el hijo del carnicero Vargas, y no estaba dispuesto a prestarlo a cualquiera; los Lizárraga se presentaron como naturales de La Punta, y para sonar más convincentes dijeron ser los hijos de la Cotola, pero el muchacho mostró su extrañeza y dijo que nunca había escuchado hablar de ellos…”si la Cotola solo tiene a la Socorro y a su perro Goliat” …”quienes serán ustedes pue’?” José solo atinó a decir: todavía vive Goliat ?.

Las gringas solo visitaron una vez la tierra que habían relatado sus esposos, en charlas interminables. Probablemente no volvieron por las limitaciones que había en la década del ‘60, pero fundamentalmente porque tenían gran dedicación a la investigación y trabajo que desarrollaban en Lima. Esa primera y única vez, comprobaron que si bien ya había llegado el papel higiénico, lo que contaba Jaime en Estados Unidos sin ningún atajo, en el súmmum de su alma campechana, de sencillez y franqueza pura, inculcada por su madre; decía que cuando sus paisanos iban por sus necesidades “del cuerpo” no usaban papel higiénico porque no lo conocían, iban a la chacra y se limpiaban con unas hojas redondas de plantas especiales que debían premunirse con antelación. De lo que no les quedó duda alguna a las gringas, fue de la amabilidad y hospitalidad de la gente de Bombon Point, eran el súmmum.

El tiempo que destruye todo, pretende engañarnos y empolvar nuestra memoria, hacernos creer que todo fue ficción, las réplicas de los camiones Mack que construía José; los sucesos de La Cabaña; aquellas callecitas angostas y empedradas de Bombon Point; la casa de adobe y quincha de la calle Grande, con su entablado del segundo piso. Lo que el tiempo no podrá, es convencernos que la mano cansada de la Cotola pueda retirar de la vitrina del comedor los retratos de sus hijos, y las botellas de Veuve Clicquot.

Alberto Montoya

Lima, diciembre 2016

HBJ. escribidor sencillo

 

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

2 Comments

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