Bermúdez…

Enorme terreno de arena caliente y uno que otro árbol de algarroba que habían crecido a su antojo, era la parte posterior del mi colegio San Miguel de Piura a mediados de los cincuentas. 5 de la tarde, hora de jugar futbol, sin zapatos y con pelota reglamentaria, llegábamos casi todos juntos, de las cuatro secciones del año, unos con maletín, otros solo con los útiles y todos con el uniforme caqui, con cristina y corbata.

La distancia de los arcos ya era sabida, entre 60 o 70 metros, delimitábamos los arcos de seis zancadas cada uno, con camisas, maletines y cuadernos, la arena no ensucia, se sacude y listo. Todos sin chuzos, algunos sin pantalón, solo con calzoncillos y otros con el pantalón remangado, sin camiseta, ya que el sudor si hace que la arena se pegue al cuerpo. Para eso estaba Bermúdez.

Los partidos eran interesantes y disputados, la hora del final la determinaba el tiempo suficiente para tomar un baño limpiador y reparador, para luego ir al cine, ya al Variedades, al Piura, raro al Municipal porque estaba lejos. Yo solía ir muy poco, el cine no es muy atractivo para mi, además no faltaban tareas y la plata no abundaba. Yo no era muy afecto al, “ya pues, pon ahí”. Pon ahí, era la voz indicativa que se decía ya muy cerca de la boletería, paga tu que después te doy.

Nadie sabía que película pasaban, era asunto de pasear y salir, nada más.

Lo que recuerdo indeleblemente de esos finales de partido de los años 54, 55 y 56, era el momento en que nos dirigíamos todos con la mayor celeridad posible y con las ropas y todos los bártulos en la mano, en dirección a los 5 cilindros con agua que estaban distribuidos a lo largo y ancho de la cancha de futbol del estadio Municipal, todo de tierra muerta y regada con baldes por el señor Bermúdez.

Encontrábamos los cilindros llenos, llegar primero significaba meterse al cilindro, calatos, en agua limpia, flexionando las piernas un par se zambullidas y listo, a vestirse. Con cada bañista la cantidad de agua se rebalsaba del cilindro, cada vez había menos agua y de limpia ya no tenía nada.

Nos secábamos con la camiseta y a vestirse se ha dicho, unos rumbo al cine, otros como yo a casa, dicen que todos juntos, regalábamos una fragancia que no era de la mejor.

Se me suben a la memoria todos esos momentos gratos y simples, con compañeros buenos, y sencillos. Como olvidar, a Lucho Urteaga, viejo y querido amigo hasta hoy, que me llevo a mi casa en bicicleta, sentado en el fierro central, con la pierna rota cerca del tobillo, después de un partido en la cancha Municipal.

Salud y felicidad Lucho.

HBJ…escribidor sencillo

 

 

 

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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