Vamos, todos a bordo…

11/02/2017
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El destino es quien baraja las cartas, pero somos nosotros los que jugamos. (William Shakespeare)

Antes de la película de esa noche en el cine Teatro de Mollendo, proyectaron un reclame de alta importancia…“joven peruano si tienes entre 17 años cumplidos hasta 25 años, enrólate en la gloriosa Marina de Guerra del Perú…tendrás oportunidad de instruirte en diversas áreas técnicas…si quieres conocer Estados Unidos y Europa…si no tienes documentos en regla…es tu gran oportunidad para servir a la patria…inscríbete en las capitanías de los puertos del Callao, Salaverry y Mollendo, hasta el día 30 de septiembre del año en curso”. Simultáneamente a los acordes de una impecable banda militar, pasaban vistas de un barco con prácticas de los marineros, y de la estatua de la Libertad de Nueva York. Un publicista de nuestra época diría que aquel fue el mejor corto publicitario del año de 1955.

En el cine Teatro estuvieron Lucho Yáñez y Juan “coropije” Zevallos, y para ellos el reclame fue realmente de alta importancia. En cambio para Eliseo Zea la convocatoria pasó absolutamente desapercibida, él solo pensaba en la película de esa noche. En pocos días la mayoría de los jóvenes que en general no tenían “oficio ni beneficio” fueron motivados a enrolarse. Pero cuando hubo que tomar decisiones en firme, algunos dieron excusas de lo más pintorescas para no acudir a la cita. Lucho no pudo ir por el tema de los zapatos, otros resultaron ser hijos únicos, supuestamente sostén de su familia; “coropije” dijo: en Estados Unidos hablan otro idioma y los gringos nunca me han caído bien, y se quedó en Mollendo para ser puntero izquierdo del Club Marítimo.

Lucho Yáñez, quería ir con “chuzos” bien arreglados, los llevó donde los zapateros Franco de la calle Deán Valdivia al lado del Refectorio Escolar. La cofradía exclusiva e impenetrable de los Franco la conformaba el padre y sus tres hijos, bebían una pócima parecida al cañazo a condición de que fuera entre ellos estrictamente. Los lunes tomaban religiosamente por ser el día del zapatero, pero desde el lunes previo al embarque se emborracharon la semana entera. El ciego Guillen a quien el submundo de tinieblas en compensación le permitió encontrar la luz en otros sentidos, conocía a todos en Mollendo por el tono, intensidad y timbre de voz, le dijo: “Lucho, no insistas en tocar la puerta, si no abren hasta las 8 de la mañana es porque han decidido emborracharse hoy día también”. Reconocería después que la “puesta en valor” de esos zapatos no era imprescindible.

Usualmente en Mollendo optaban por hacer el servicio militar en la Marina, pero siete años antes, se produjo un levantamiento militar en el que estuvieron involucrados jóvenes mollendinos, por tal razón el servicio en la Naval fue vetado para Mollendo. El levantamiento fue el tres de octubre de 1948, los marinos entre ellos algunos mollendinos al mando del teniente Juan Manuel Ontaneda tomaron el BAP Palacios, desarmaron a los oficiales y agredieron físicamente al capitán a cargo de la nave, y uno de los más bravos fue “kuquina”.

Los muchachos siguieron al pie de la letra lo que les habían inculcado como marineros desde el primer día en la Naval, que mejor ocasión para ponerlo en práctica…“existe un enemigo y debemos estar preparados para luchar, y si es necesario dar la vida…la esencia de la carrera militar es hacer la guerra”.

Los jefes no eran oficiales de alto rango, como habitualmente ocurría en el Perú, con amplia experiencia en golpes de estado, sino oficiales de mando medio con apoyo de tropa. Complotaban para derrocar al presidente José Luis Bustamante y Rivero. Todos tenían simpatías y conexiones con el APRA. Los marinos obedecían al Comandante Águila Pardo, tomaron el BAP Grau, dos submarinos y otros barcos, así mismo capturaron el Arsenal Naval y el Real Felipe, donde participaron numerosos civiles apristas. En Lima por descoordinaciones no se sublevaron ni la División Blindada, ni la Base Aérea de Las Palmas.

Los mollendinos que participaron fueron Manuel ”piuca” Vergara, “jetón” Cuba, David “tarjeta” Álvarez, Justo “chino” Yábar, “chanico” Valdivia, Augusto “félix castillo” Gallegos, Santiago “kuquina” Paredes, César “sastre” Salazar, y otros más, cuyos apodos se van diluyendo y peor aún sus nombres. Develado el levantamiento los internaron en la cárcel del Frontón. Entre los sentenciados estuvieron “kuquina”, “félix castillo”, el “sastre” y “tarjeta”. Por la fuerte presión política a la mayoría les conmutaron la pena y los soltaron al cumplir un año, “kuquina” que había sido condenado a 5 años, logró salir después de 3 años.

La rebelión fracasó, y no hubo información respecto a la cifra de muertos. La rendición en el BAP Palacios fue confusa, dispararon y mataron al jefe de la rebelión Comandante Águila Pardo, Ontaneda recibió un balazo en el hombro, pero logró sobrevivir. Hubo 250 personas entre marinos y civiles procesados, y sentenciados desde un año hasta 12 años de pena privativa de la libertad.

Kuquina era hermano de “perico”, del “kurko” y de “kalala” Paredes, de la calle Puno, desde chico fue muy inquieto, cuando entró a quinto de primaria, por su cuenta y riesgo se matriculó en dos colegios simultáneamente, en el Pacheco y en el Colegio Centro, el “961”, se las ingeniaba para asistir a clases en ambos, quería saber en cual le iba mejor y donde conseguiría los mejores amigos, pasados dos meses y después de recibir las libretas de notas decidió por el Pacheco. En el “961” la Srta. Mercedes Manrique lo “jaló” en todos los cursos.

Con la convocatoria de 1955, sorpresivamente se levantó el veto. Después que se inscribieron en la Capitanía de Puerto, el día 3 de octubre los internaron en el Castillo Forga, pasaron tres noches “tirando suelazo”, con mínimas comodidades, estaban allí para impedir que desertaran a última hora. El día 6 de octubre los trasladaron a Matarani para embarcarlos en el Perene, fueron 120 voluntarios, la gran mayoría de Mollendo, hubo algunos pocos arequipeños, puneños y cusqueños, como Nazario que era de Sicuani.

Desde Mollendo se llega al puerto de Matarani a través de una peligrosa y sinuosa franja angosta de asfalto, que va serpenteando acantilados y quebradas en paralelo a la costa, es un verdadero desafío a la vida de 15 kilómetros de longitud y cien cruces de escalofrío. En Matarani la obra de abrigo del puerto está constituida por un inmenso rompeolas de enrocado, dando lugar a una dársena de aguas quietas que permite a las naves acoderar en un muelle de atraque para las faenas portuarias, tiene una explanada para maniobras y acopio de mercadería.

Las 10 de la mañana de aquel inolvidable y primaveral jueves 6 de octubre del 55, encontró a Eliseo Zea en las inmediaciones de la explanada del muelle de atraque del puerto de Matarani, llevaba una enorme canasta con empanadas de queso, y aún no había iniciado la venta cotidiana. Su rostro dibujaba una sonrisa especialmente amigable, delataba su condición de migrante, y la inocencia y lozanía propia de sus 17 años. Grande fue su sorpresa cuando vio descender de 5 buses, a una gran cantidad de jóvenes de su misma edad y otros mayores que él, se acercó con su canasta a cuestas, inicialmente sus clientes fueron los de la periferia pero poco a poco fue a dar al ojo mismo de una espiral envolvente de 100 brazos que tironeaban la canasta en busca de sus empanadas de queso. Por lo general, Eliseo las ofrecía hasta las 5 de la tarde, no vendía todas y jamás daba crédito, esta vez en solo una hora batió record de venta, “volaron” todas, y no le dio mayor importancia a que algunas no fueran pagadas.

Aquellos jóvenes, los que fueron a servir a la Naval, eran inquietos, curiosos, intrépidos, y en ocasiones adoptaban cierta postura irreverente. Sin su jovialidad, sin su picardía, y sin esa vital energía solo hubieran sido la mitad de ellos mismos.

Tal como fue previsto, al mediodía sonó el pito marinero agudo e intenso, y desde lo alto del barco dando inicio al embarque, la voz ronca del oficial: ¡¡Vamos, todos a bordo!! En la plataforma, los reclutas iniciaron el acercamiento a la escalinata del barco, y la espiral que envolvía a Eliseo se trasladó pronto, apretada y compacta, y en contacto con la escalinata adelgazó sin permitir escape alguno, lo fueron forzando a subir los primeros peldaños de un largo acceso. La idea era hacer una inocente broma, así fue como lo “depositaron” en la cubierta. Lo que no calcularon fue que el oficial de voz ronca permitía entrar al Perene, no salir de él.

Muchos años antes, cuando sus padres llegaron de Puno habían quedado deslumbrados con el mar de Mollendo, a primera vista fue imposible imaginar que existiera un “río tan grande”, esa gran admiración por el mar fue transmitida a Eliseo Zea por un tenaz factor genético. El mar le daba un goce que llenaba su espíritu, ejerciendo una atracción extrema, tal vez eso explique por qué no ofreció mayor resistencia cuando lo forzaron a subir a bordo, probablemente fue más intensa la seducción que generó la idea del viaje y estar cerca del mar.

Después que la tripulación concluyó las maniobras de zarpe saliendo de la dársena, los muchachos se acomodaron como mejor pudieron para viajar cada cual con sus fragilidades e inconsecuencias. El primer piloto y el radio-telegrafista, se enteraron del insólito caso de un jovencito con alma de provinciano legítimo y menudo como Zea, lo consolaron, pero no había forma de volver atrás, para aliviar su “tragedia” le asignaron una hamaca para descanso durante la travesía. A medida que se alejaba de la costa, mantenía una referencia en tierra para cuantificar el avance y la velocidad, extasiado le parecía que iba en una carrera sin frenos; fue cuando tomó real consciencia de estar en un barco, que estaría pronto en medio del mar, que no se había despedido de sus padres, que no quedó empanada por vender, y sin recordar en qué momento se separó de su canasta, entendió que no podía ir en contra corriente, y decidió en ese instante que su actitud frente a la vida no pasaba por oponerse a lo que estaba predestinado.

Pasó largas horas en cubierta, sometido a una especie de encantamiento, sin que su humanidad desentone con la cadencia del movimiento del barco de un lado a otro, con el cielo encendido de estrellas y cometas cruzando en la oscuridad de la noche, dejó también viajar su fantasía en una carrera sin frenos, ilusionado en conocer en el futuro los parajes más remotos.

El Perene fue construido en 1912, tenía unas máquinas a vapor viejas y perezosas; cuando nuevo desarrollaba 12 nudos, ahora con mucho esfuerzo alcanzaba los ocho nudos. Era un carguero de la marina mercante, de la Compañía Peruana de Vapores y Dique Seco del Callao, CPVD. La nave estaba asignada a trabajos de cabotaje, generalmente trasladaba ganado al Callao.

Durante el viaje los muchachos jugaban apostando siempre, a los dados, a las cartas, solo algunos sabían jugar al briscan con barajas españolas, unos llegaron a destino con dinero y otros “misios”. Llevaban poca ropa en un maletín, en el Castillo Forga les habían instruido llevar solo una cantidad razonable, tal como artículos de limpieza y una “salida”.

Abraham Ríos aún no cumplía los 17, y su inscripción en la Capitanía fue rechazada. Se propuso viajar con su hermano mayor “la pulga”, para burlar el control subió al Perene en la madrugada y logró escabullirse entre el ganado, recién salió del escondite cuando el vapor zarpó. Y lo hizo porque en un esfuerzo supremo no había vomitado todavía, como lo hicieron durante el viaje muchos de sus camaradas, no por el cabeceo del Perene que no paraba de moverse a pesar del buen tiempo, sino por el olor que despedía el excremento del ganado que inundaba toda la nave.

A las 6 de la tarde del día 9 llegaron al Terminal Marítimo del Callao, sin demora los subieron a dos lanchas y trasladaron a la Base de la Marina en la isla San Lorenzo. El Maestro de Armas Maguiña, un recio oficial de mar los hizo formar, y les dijo…¡¡levanten la mano quienes no hayan comido…pasen al comedor de inmediato!! Ya habían hecho la limpieza del comedor, y solo les dieron un jarro de té, en eso consistió lo que todos, incluido Eliseo, suponía una suculenta cena de bienvenida. Al día siguiente el “chato” Maguiña los bautizó, haciéndolos bañar a las 5 de la mañana “calatos” en el mar.

En la isla, recuerda Félix, primero pasaron un examen médico y de aptitud, antes de recibir una instrucción básica. Algunos querían regresar, era la gran oportunidad para los que estaban desanimados, después no habría vuelta atrás; solo unos 10 desaprobaron el examen. En la fría y húmeda San Lorenzo estuvieron 3 meses, pasaban hambre, y frío. Allí se les unió un contingente de Lima y otro del norte, los reclutados en Salaverry.

Félix Campos tiene ahora 77 años, en 1955 tenía 17, fue uno de los menores entre los reclutas, detalla con precisión los acontecimientos de aquella época, en cambio es complicado recordar a todos los compañeros, pero a medida que va relatando, aparecen los “fantasmas” de aquellos rostros, los imagina de esa edad, luego les da los apodos, con cierta dificultad los nombres, y finalmente las referencias y calles donde vivían entonces. Algunos de los que hicieron el servicio el 55, partieron en “otro barco” y ya no habitan entre nosotros; pero la certeza de que quienes iban a la Armada eran los más audaces, vivirá por siempre.

De la Clase del 55 son: Simón “la fany” Guillen, Gabino “seré tu amigo” Cervantes, Ceferino Villafuerte, los tres “negros”: Orosco, Lucho Baquedano y Pinto de Cocachacra , el “flaco” Valencia, “chino” Dueñas, “nano” Gallegos, Ángel “chita” Espinoza, “cabezón” Olguín”. Por los “campas” del Inclán, el “loco” Mora, Máximo Roberts, el “malcriado” Torres, y Valdez.

La música predominante era la de Celio Gonzales, Bienvenido Granda, y en el bar “Chumpitáz” solo sonaba la Sonora Matancera. Recibían 51 soles al mes en calidad de propina, alcanzaba para comprar implementos de aseo y para el tranvía. Salvo los que estaban de guardia o castigados, salían de franco a las 4 de la tarde y tenían que volver antes de las 11 de la noche, iban bien “tizas”. Paraban en el Ovalo, en Sáenz Peña frente al Mercado del Callao, frecuentaban el cine Avenida, al lado estaba la cantina de la “japonesa” Julia, que confiaba en ellos y les vendía al crédito. En el Ovalo se juntaban con otros mollendinos; cortejaban a las chicas y algunos se quedaron en el Callao porque se casaron con ellas.

El “gordo” Zúñiga cada vez que entablaba conversación con alguna chica, se “mandaba la parte” diciendo que tenía una empresa de transportes en Mollendo; era absolutamente cierto, lo que no decía era que la empresa la conformaban una recua de burros, los que retiraban la carga de la estación del ferrocarril.

Félix esboza una sonrisa, señal que se acordó de otros “patas”: Valencia, el “pelado” Montes de Las Cruces, Pacheco Ismodes que después fue bombero, “panteón” Salavaldez, Pedro “chaguas” Zevallos, el “cholo” Julio, el “cuche” Abel, “chanchú” Santisteban, “más tostao” Carpio, “filacho” Esquivel. El “chuzo” Rojas cuando se enroló era muy joven y no era peleador, al volver del servicio se convirtió a puño limpio en un referente, muchos querían ganar fama y agarrarse a golpes con él, el “chuzo” nunca le corrió a los retadores.

El “chato” Maguiña apostaba por Mollendo, y ganaba muchas veces. Jugaban partidos de futbol en la Isla entre 4 selecciones: Lima, Callao, Norte y Mollendo; tenían un buen equipo, estaban: el “loco” Perea, “chueco” Tapia, Juan David, el “chato” Amado, Begazo y el “cholo” Valdez del Inclán, Zegarra, “nano” Gallegos, “chanchú”, “el chino” Ballón era el centro forward.

Una vez, en la formación, Maguiña les dijo: ¡¡un paso adelante los choferes, los que saben manejar!!…fueron como cinco los que dieron el paso adelante, y al día siguiente Maguiña les dio cinco carretillas. No todo fue risa y bromas para el “chato”, una tarde, a dos reclutas norteños jugando con un arma, se les escapó un tiro que mató a uno de ellos; Maguiña sufrió las consecuencias siendo destituido.

Con los chalacos se llevaban bien, no así con los limeños y norteños, los limeños eran abusivos y querían pegar a los más jóvenes, pero se las tenían que ver con el “tuerto” Prado y el “chueco” Tapia, pues eran los que mejor “metían golpe”.

Todos eran voluntarios y muy pocos tenían papeles en regla, eran omisos, sin documento de identidad. Los que tenían quinto de media hacían el servicio durante un año, el resto servía dos. Después de 3 meses en San Lorenzo, los destacaron en diversas dependencias en el Callao, y allí estuvieron hasta el final del servicio. Las dependencias eran las siguientes: Defensa de Costa; Arsenal, aquí aprendían a manejar las grúas, después pasó a llamarse SIMA, hacían trabajos en metal mecánica, tenían un dique seco, y era donde más se aprendía; Las otras dependencias eran: Escuela Naval de La Punta; Submarinos; Escuela

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Técnica; Marinos tripulantes de buques, aquí tenían oportunidad de viajar. La mayoría lo hizo por la costa peruana, llegaban a Mollendo en los Cruceros de Verano, solo algunos fueron a Panamá y Estados Unidos en el BAP Grau. Rommel Muñoz, y el “chivo” Gallegos fueron a San Diego California. En cambio, Sabino Wasterley eximio en transmitir señales, estando a pocas millas y con las banderas listo para transmitir el mensaje con colores y formas, del arribo del BAP Ferré al Canal de Panamá, recibieron la orden desde el Perú de retornar en el “término de la distancia”; debían sofocar una huelga en Chimbote. Wasterley y Abraham Ríos, quedaron con los crespos hechos, sin poder conocer Panamá.

Según Félix Campos, el “cholo” Zea se integró al grupo el mismo día que lo forzaron a subir al Perene, solo los mollendinos lo llamaban así, era obvio que no lo hacían en tono discriminatorio ni peyorativo, no implicaba ningún maltrato de índole racista, el tono era afectivo; es más, siempre lo protegían y nadie se atrevía a molestarlo, fue el hermano menor que todos cuidaban. Se acostumbró tanto al apelativo que cuando lo llamaban por su nombre no sabía si debía contestar.

Quién impulsó a Zea a escoger ese camino?…desde que salió temprano de su casa ese 6 de octubre, ¿ya estaba decidido su destino? Después de conversar con algunos de los protagonistas de esta historia, volví a la interrogante planteada desde siempre; por un lado el destino tiene un plan que no puede ser alterado por nosotros los seres humanos, resultando la serie infinita de acontecimientos de los que no podemos escapar, y que finalmente nos conducen a un final no elegido. En antagonismo, no existe una predestinación absoluta, el hombre está dotado del poder para tomar sus propias decisiones, para elegir su propio camino, es decir nos ha sido concedida la libertad, el libre albedrío.

Cuando terminaron el servicio después de dos años de reglamento, les daban dinero para un pasaje de retorno por vía terrestre, y una carta de recomendación dirigida a la Capitanía de Mollendo, los ayudaban y tenían facilidades para trabajar en el puerto, como estibadores, maniobristas, o tarjadores.

Volvían “maceteados” y con un ancla tatuada como distintivo indeleble, el “cholo” vino con dos, una en cada antebrazo y durante mucho tiempo nunca las ocultó con camisa de manga larga alguna. Eliseo, se incorporó a la vida portuaria como maniobrista, y con el tiempo llegó a ser dirigente sindical. El sentimiento de gratitud perdura porque le cambiaron la vida ese día cuando lo “subieron” a bordo y emprendió la aventura de marinero; hoy no sería el mismo sin su paso por la Naval.

El 8 de octubre del 2005, el “negro” Patria que es amigo de todos, fue el promotor de los festejos por las Bodas de Oro de la Clase del 55, el almuerzo de camaradería fue en La Cabaña, y fueron honrados con la participación del Capitán de Puerto. Por su parte Eliseo Zea Calapuja sintió que el tiempo había puesto todas las cosas en su lugar, se encargó de encajar las piezas del rompecabezas de cada etapa de su vida donde correspondía, ese día ya no tuvo que liberar adrenalina proyectando lo que el futuro tenía para él, solo disfrutó del presente. Recordó que en aquellas largas horas en solitario en la cubierta del Perene, cuando dejó viajar su fantasía, ninguna estrella fugaz le permitió imaginar las pruebas a las que se vería sometido, ni las increíbles satisfacciones y amigos que logró, ni mucho menos que cincuenta años después estuviera invitado a izar el Pabellón Nacional en la Plaza Bolognesi, y finalmente estuvo feliz al comprobar que todavía le alcanzaba juventud para desfilar por las calles de Mollendo con el mismo paso marcial que le enseñara el “chato” Maguiña.

Todos aquellos jóvenes, entendieron finalmente que los muros que los aprisionaban no eran reales, no existía ninguno levantado con ladrillos y cemento, ni siquiera una pared de madera, los muros que los confinaban en ese espacio tan pequeño como Mollendo solo estaban construidos en su cerebro. Todos agradecen a la Naval porque les cambió la vida, les abrió un mundo de oportunidades, y si bien no todos lograron visitar la Estatua de la Libertad ni Europa, jamás olvidaran el reclame del cine Teatro de Mollendo…“joven peruano si tienes entre 17 años cumplidos hasta 25 años, enrólate en la gloriosa Marina de Guerra del Perú”…ni el pito marinero como primer signo de disciplina que debían acatar, ni la voz ronca del oficial cuando ordenó el inicio del embarque en el viejo Perene…¡¡Vamos, todos a bordo!!

La felicidad nos espera en algún sitio, pero a condición de que no vayamos a buscarla. (Voltaire)

Autor Alberto Montoya; (bmontoyas@yahoo.com) Cajamarca, marzo 2016.

HBJ. escribidor sencillo

 

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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