La felicidad te espera en cualquier esquina, pero…

25/03/2017
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a condición de que no vayas a buscarla…anótalo bien, no vayas tras ella. Yo nací temprano entre las 7 y las 3 de la tarde, en el Hogar de la Madre, corría el año 1940, 10 de marzo para ser preciso. Por cierto no pedí nacer pero nací con suerte, mi madre Elisa Carolina, blanca piel y manos de seda más suaves que las palmas de un mono, hija de francesa y padre africano y de mi padre, Américo Arnaldo, un hombre bueno hasta lo más, moreno, de padre peruano y madre inglesa. Buenos como los árboles, persistentes como las olas en la orilla y pacientes calmos como los montes y el ichu de las punas.

Ellos y nadie más me enseñaron a ser feliz, me hablaron de Jesús como se le habla a un niño y me enseñaron también porqué es que se parte por la mitad el pan.

He ido cultivando este hábito de escribir que me gusta cada vez más, mucho de lo que está escrito en las primeras líneas las he soñado mientras duró mi muerte transitoria. Cuento todo lo que me pasa y siento. El sueño es una muerte temporal que nos fortifica para nuestro renacimiento en una mañana nueva, porque, morimos en cada anochecer y nacemos en cada amanecer, también el mundo cambia en cada revolución alrededor del sol.

No sé si cuando morí o renací al amanecer pero, me contemplé volando mi cometa en la esquina de mi casa al fondo de Gonzalez Prada en Magdalena.

Mi rollo de pabilo era inmenso, yo decía que llegaba hasta la Luna “lunera”, así le llamaba yo cuando la figura de la Luna era como una hoz muy fina. Con toda seguridad si bien no llegaba a la Luna, si llegaba con seguridad a la zona de Orrantia del Mar, un distrito contiguo a San Miguel. Orrantia ya fue anexado y no se le nombra más.

Cualquiera podía mandar telegramas a la Luna, escritos en un papel de servilleta con un hueco en el centro para que pase por allí el pabilo. El cartero era el viento que se llevaba el telegrama y este se perdía en pocos minutos de nuestra vista.

Mi cometa que era un exágono de papel de colores y filos de caña. Los pliegos de papel cometa y la caña las vendía el chino Juan en una bodega de la esquina, casi todas estaban en las esquinas a dos cuadras de la avenida Brasil.

Zariquiey, Vasques, Castro, nos juntábamos en la esquina o en el parque central a una cuadra de la espalda del manicomio Larco Herrera. Tiempos de Recoleta, trompos, chancays, lonche en la vereda, chanca la lata, rayuela, mundo, bolitas, lecheras, cholones, pelotas de trapo hechas con retazos y medias de mujer, patrulleros negros Chevrolet con policías buenos, cosas simples, muchachos sencillos, madres buenas. No vengas tarde significaba no vengas de noche, casi como el reloj de los pieles rojas, su tiempo horario era el amanecer y el anochecer o el brillo de la superficie de la corriente del río.

Que curioso, pero no he soñado con celulares ni televisores, ni monstruos, a nuestros ojos y sentimientos de niños de ese tiempo, los camiones de madera comprados al carpintero eran juguetes que llevábamos a otras casas para enseñarlos y cargarlos con el gato del vecino. Otro tiempo sin duda que ya no volverá más, como todos tiempos que pasaron, dicho sea también.

A eso de la 8 de la noche, todo el mundo en casa, pasaba un hombre moreno, alto con un lamparín en una mano y en la otra balanceaba al compás de su andar, una canasta tapada con una tela blanca y cada trecho decía a voz en cuello: “revolución caliente pa rechinar los diente” era un dulce rico, con pasas, arroz, coco y miel. Tibio y bien rico. Salíamos a comprar. Nos despachaba con un papel manteca y una cuchara de palo que hundía en el dulce. No recuerdo su nombre pero si lo recuerdo.

Sería hasta estúpido decir que ese tiempo fue mejor. Fue simplemente el tiempo que vivimos los que allí estuvimos. Hoy también soy feliz pero en ese tiempo era más fácil serlo.

HBJ. Escribidor sencillo.

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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