Conversando con el heladero…

16/02/2018
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Salí a caminar. Después de media tarde, el sol aún está al frente

pero ya lo están esperando al otro lado. Si, y ya no perturba su calor, pensaba escribir algunas líneas con el título de “letras insolentes” sin que estas tengan nada insolente ó “paseos samaritanos”. Pero este es un título que me está persiguiendo hace tiempo sabiendo a ciencia cierta que, el señor heladero tiene muchas cosas interesantes que decir y decirnos. Estoy acercándome al Olivar luego de casi seis cuadras y no veo a ninguno ni he escuchado su inconfundible cornetín. El que lo inventó – estoy por seguro que fue uno de los viejos italianos D´onofrio o talvez Ravettino – fue un genio de la publicidad y del mercadeo. Yo cada vez que lo escucho se me presentan ante mis ojos los buen humor, pibe, Alaska, eskimo, bombones, y otros más.

De la carretilla del heladero aprendí del sabor del imperial, este sabor se quedó en mis sentidos después de muchos años.

Me pregunto: si aún viviera el viejo fundador de estos helados, ¿habrían vendido la marca y la fábrica a otros dueños? Yo creo que no. Y lo mismo hubiera pasado con Inka cola ¿si ó no? Algo pasa con la gente nueva, con los descendientes. No conocen los orígenes y eso es todo. Para muchos es todo. Que pasó, no queda uno solo que agarre la posta y se ponga un reto aún mayor; o es que el sabor dulce del dinero grande por adelantado sin haber empujado ni una sola carretilla de una empresa es una golosina que muy pocos pueden rechazar. Bien, mejor lo dejamos allí que ese no es el asunto de mi caminata. Ya estoy en el paseo de piso granate del Olivar, me llama la vista el negro intenso de un tordo que camina raudo de un jardín a otro por el centro de la alameda, va picoteando por allí y por allá. En el cielo la luna se deja ver temprano y las estrellas empiezan a amotinarse a su lado. En una banca dos muchachos hombres conversan tomados de la mano, escenas de estos días dicen algunos. El mundo pierde las riendas, es una pena.

Ideologías de género son dos palabras sin sentido. Somos inventores de frases nuevas y torpes. Nuestra sociedad descarrila.

Los rieles que representan el “POR AQUÏ”, no son respetados hoy en día, a lo largo de los años se ha dejado en las cunetas, modos y maneras. Abunda la malcriadez, la huachafería, la insolencia, la prepotencia, el atropello, los cerebros vacíos, la falta de respeto, la incultura. Que temprano se han desbaratado los valores. ¿Dónde están? A donde se fueron. Es una gran pena.

De pronto, escucho a lo lejos el inconfundible cornetín de un heladero. Viene o se aleja, parece que se acerca a donde estoy, mi vista se fija en el fondo del corredor central. No aparece aún.

De pronto dos mujeres jóvenes con acento venezolano, inconfundible por lo demás. Bien vestidas y maquilladas. Estamos regalando un perfume por publicidad, eso dijo y así lo escuché. Usted me va a regalar uno de ellos, si señor. Introdujo su mano en su cartera y extrajo una cajita de un perfume, retiró el frasco y me pidió pusiera el dorso de mi mano. Extendí la derecha. Apretó el chisguete chissst chissst, y me pidió lo oliera, ¿Qué tal me dijo? ¿Le gusta? Está bien dije. Me permite echarle de este otro en la otra mano, la caja era distinta en forma y color. La mujer repitió la maniobra y me dijo enseguida: ¿Cuál de los dos le gusta más?

El primero le dije, es más suave. Y empezó el ataque: ese cuesta S/ 120 soles, pero se lo dejo en solo 60 y le regalo este otro. ¿Qué le parece?… Está bueno, lo malo es que tengo por costumbre salir a caminar sin nada de dinero. Un cambio brusco flotó entre los tres. Sus caras se pusieron serías y sin decir palabra, dieron media vuelta y se alejaron.

He sido vendedor toda mi vida, hay un secreto en esta profesión maravillosa: Aparentar siempre que no se necesita vender, no tener apremio, es mejor vender mañana que hoy. El apremio del vendedor no abona a favor del producto. Conocer el producto de cabo a rabo y de arriba abajo es vital. Rostro sonriente y agradable vendiendo o no. Todo lo que el vendedor diga debe ser verdadero cien por ciento.

Ya encontré una banca junto al lago central dentro del campo de olivos. Al fin aparece el heladero con su cargamento rodante y triciclero.

Hace mucho tiempo que no compro un helado a uno de estos hombres, lo hacía a menudo. ¿Tiene pibe? Pregunto, no señor me dice. ¿Hace tiempo que no hay? Si, ¿no? Era de mi tiempo.

  • Yo no lo encontré y tengo casi 15 años vendiendo helados – No mucho tiempo más, era riquísimo, hoy le llaman vainilla, y antes era el famoso Imperial.
  • ¿Usted lo compraba señor?
  • Si claro, era un cono circular, se retiraba la tapa que era de una platina gruesa y quedaba el conito de cartón blanco que uno iba apretando y el helado subía, era una delicia.
  • ¿Le doy algo?
  • Un vasito pero solo de imperial.
  • ¿Qué tal la venta?
  • ¿Buena, el sol es el socio?
  • Pero la gente compra siempre ¿no?
  • Si, pero baja un poco.
  • Uno se defiende con café y chocolates, galletas, cigarrillos…
  • Sabe, le digo, cuando escuche ya hace buen rato el sonido de su cornetín supuse más o menos a que distancia estaba.
  • Es un llamador muy bueno señor.
  • Si tiene razón, es un gran llamador.
  • Ese cornetín si lo escucho desde siempre.
  • Es buenazo.

Una señora con su hijo se acercan a la carretilla, hablan y el heladero les despacha un par de helados, creo dos chupetes o algo así. Recibe el dinero, da el vuelto y listo. Otra operación más completada.

  • Que tal la venta, ¿rinde?
  • Si, no me puedo quejar.
  • ¿Se lleva usted unos 50 soles para usted?
  • Mas o menos, en esta época es mejor
  • Viva el sol, que no se vaya nunca.
  • ¿Usted señor viene siempre por aquí?
  • A menudo, me doy una vuelta
  • Bien, me voy por otro lado me dice.
  • Que siga la venta, hasta pronto.
  • Chau señor.

Y así termina esta charlita breve y sencilla con el hombre de los helados y el famoso cornetín. Uno de los personajes queridos desde tiempo en nuestra ciudad.

 Yo también emprendo el retorno, siento a lo lejos el cornetín, que pena, él y yo no dijimos nuestros nombres, pero ya no somos desconocidos para nada. Fue un rato agradable para mí, hablar con alguien que tiene un quehacer diferente al de uno, siempre es grato y útil. Para mí por lo menos. Uno se nutre como persona, siempre aprende uno algo. Estos breves minutos con un hombre que vende helados en las calles de esta ciudad me deja un buen sabor: somos iguales, yo tanto como él somos hombres sencillos, los dos trabajamos para ganar un sustento que nos permita vivir de acuerdo a las normas. Es un hombre bueno este heladero, los pocos minutos en que lo pude observar creo que el tiene casi los mismos sentimientos que los míos. Casi seguro de no equivocarme y esto, me conforta y hace feliz, el que yo sea igual que gente como él. Eso me deja satisfecho y realizado, porque no.

 HBJ. Escribidor sencillo.

 

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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