El halo mágico se ha disipado.

09/06/2018
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En esa época Mollendo creció al amparo y sombra de un halo mágico, sin embargo, pocos fueron los visionarios que pudieron ver más allá de la “línea de vapores”, e imaginar que era una época fugaz.

Hasta el censo de 1917 realizado por los propios chilenos en la provincia de Tarapacá la mayoría eran peruanos, por tal razón sobre ellos ejercieron una sistemática política hostil, generando el éxodo consiguiente, muchos encontraron la “tierra prometida” en Mollendo. Fueron conocidos como los que vinieron de las salitreras; algunos por su experiencia se dedicaron a la pesca, en particular de la albacora con arpón, entre ellos: los Zevallos, los Esquivel, los hermanos Francisco “remachón” y Juan “amores” Valdivia Rondón, los Castillo, Hilario Maturana, los hermanos Francisco y Oscar Albarracín, y otros más.

Antes que vinieran los de las salitreras, llegaron a Iquique, Arica, y Mollendo los primeros faluchos y lanchones desde el sur de Chile; podían navegar con remos o a la vela. Las medidas eran de 30 pies de eslora y 6 pies de manga, y tenían velas triangulares, eran unas embarcaciones muy marineras, muy estables, y conocidas también como dos proas. Iban tres pescadores y usaban remos largos, por su intensa actividad lograban unos músculos bárbaros, había que tener juventud, mucha fuerza y resistencia, pero lo más valioso, la audacia para ir hasta la soledad de la “línea de vapores” y vencer la increíble resistencia de las albacoras.

Pedro Zevallos Salas, era un experto en el manejo del arpón, llegó a pescar en una de sus mejores faenas frente al morro de Sama en Tacna, 6 albacoras y un tiburón. Estar en el borde del falucho con arpón en mano a la espera de una albacora en equilibrio permanente y luego pelear con ella durante una hora como mínimo, no era poca cosa, había que sumarle en tierra los largos festejos y circunstanciales peleas que tenía con su gran amigo Hilario Maturana, todo ello lo hizo viejo a los 47 años. Murió en 1943 y dejó la posta a sus hijos Humberto y Alejandro.

En la punta del arpón iba una flecha de bronce y un anillo de cobre, luego el reinal con pabilo de cáñamo, y 100 metros de soga. Al arponear había que tirar de inmediato de la soga, la punta que parecía una flecha se doblaba o mejor dicho se cruzaba, y el pez no podía escapar.

La “línea de vapores” era una traza imaginaria paralela a la costa y a una distancia de 150 millas aproximadamente, en Mollendo el término sonaba usual en esa época, era la ruta de circulación y tráfico de los vapores. Los pescadores asumían como referencia esa línea cuando iban por las albacoras, tardaban 8 horas para alcanzar la “línea de vapores”. No bien se iba la visibilidad encendían un farol para que los barcos no se los lleven por delante. Cuando los Zevallos estaban en posición de pesca, Pedro se encargaba del arpón, Humberto del timón y Alejandro el futuro doctor del remo.

Los Esquivel, Manuel y Raúl salieron a la pesca un día funesto de 1948, el otro hermano Mario no los acompañó esa vez. Con relación a la tragedia existen dos versiones, la primera que se acercaron mucho a la costa porque la albacora en su lucha por zafarse los llevó hasta allí en una noche ciega, y lamentablemente naufragaron, el cuerpo de Manuel apareció en la playa de Catas; la otra versión es que fueron abordados por “piratas” chilenos que les quitaron la pesca y mataron. Esta versión cobró crédito porque el falucho nunca apareció y Raúl tampoco.

La albacora es el pez espada, las que pescaban los mollendinos eran de unos tres metros y llegaban a pesar 150 kilos; los Zevallos y los Esquivel sabían que la hembra es más grande que el macho. Una vez “arponeados” se iniciaba la lucha, el pez espada es el que mayor resistencia ofrece, emprenden veloz carrera y dan unos saltos espectaculares agitándose de un lado a otro para librarse del arpón. En algunos casos llegaban a atacar al falucho con su espada, los Zevallos encontraron restos de espadas clavadas en las planchas de madera.

A mediados de la década del 50 se perdió el arte y oficio de la pesca con arpón, fue el fin de una generación de bravos pescadores. Hubo seguramente un periodo de transición y adaptación a los nuevos tiempos, se había impuesto otro sistema de pesca, uno que implica menores riesgos; los viejos pescadores como el “mono” Arriaga, el “coro” Miguel, Lucio “chivo” Anaya, o Juan “amores” iniciaron la pesca con cabo, reinal y anzuelos especiales.

Cuando zarpaba Juan “amores” para ir por el inmenso camino del mar, decía que con remos y buen tiempo salía a pescar “en mareas de tres días”. No se refería a la pleamar o bajamar, quería decir tres días de viaje, el primero para alcanzar la “línea de vapores”, el siguiente pescando, y el tercer día de retorno al puerto. De preferencia era mejor pescar de noche y “a lo oscuro”, sin luna que ilumine, los grandes cardúmenes en su desplazamiento generan lo que denominaban “blancores”; las grandes masas de peces, tal como anchovetas, sardinas, caballas etc., son la base de la alimentación de sus predadores, atunes de aleta azul o amarilla, que junto al bonito y a los barriletes, perseguían a los cardúmenes en grandes “correntones”, otro grupo eran los peces vela. La albacora de día suele estar en aguas profundas y por la noche emergen a superficie; según los Zevallos, para perseguir los “blancores” de los cardúmenes y porque no quieren perderse el escenario del destello luminoso, el espectáculo mágico de la genialidad de la creación, la lluvia de meteoritos encendiendo un cielo “callado y constelado”, para luego hundirse en el mar mucho más allá de la “línea de vapores”.

Con el falucho en movimiento, soltaban un cabo, atado iba un reinal con unos 3 a 4 anzuelos especiales, en el extremo del cabo la carnada era un jurel o una caballa; este sistema era denominado al espinel. La pesca también podía ser al curricán, una modalidad que se basa en el arrastre del reinal; los cebos son muy atractivos para las albacoras, se logra que la carnada simule a la perfección a un jurel vivo en movimiento. Al curricán tenían que usar motores que adaptaban de autos usados; los expertos eran don Teófilo y don José Calienes.

Muchas veces pescaban varias albacoras y no entraban en el falucho, había que traerlas abarloadas, es decir, fuera de la embarcación, atadas una a cada lado de la misma; entonces Juan “amores” prefería entrar al puerto con la luz del día, para que todos lo vieran, arriaba la vela latina triangular para usar solo los remos, y exhibía orgulloso su trofeo. No había para él satisfacción más grande, salvo los ajetreos propios con sus novias reales e imaginarias, al que obedecía su apodo.

Juan “amores”, era un hombre alto, flaco, fibroso, de tez morena y muy enamoradizo; dueño de varios faluchos destinados a la pesca, su preferida era
“La Enriqueta”, aunque también eran frecuentes sus servicios para las agencias navieras o para el ferrocarril. Sus lanchas eran totalmente de madera, la parte sumergida iba con pintura a base de sulfato de cobre, en su opinión las suyas eran unas legendarias embarcaciones, con las que había librado mil combates en sus travesías en la “línea de vapores”.

Los pescadores eran expertos en reparaciones y calafateo de sus lanchas, ese trabajo lo hacían debajo del puente de madera y fierro que accede a la isla Ponce; cuando eran reparaciones mayores acudían a don Arturo Perea. En el casco se adherían lapas y cochizas, por los golpes se producían pequeñas vías de agua, y el falucho perdía eficiencia; para cerrar las junturas de las maderas usaban pabilo, brea y estopa que se hinchaba, servía a modo de relleno entre cuadernas, entre rumbo y rumbo; trabajaban con un mazo o martillo de madera. Para reparaciones periódicas, la Grace usaba sus instalaciones del varadero en la caleta Chiguas, y la Compañía de Lanchas en La Sorda.

Algunos pescadores que se aventuraban hasta la “línea de vapores” y se quedaban muchos días, venían contando historias mágicas… el destino suele frotarse las manos en ese mundo de fantasía. Manuel “Mickey Rooney” Gonzales, o simplemente Miky, decía que se le presentó una sirena, que hizo un esfuerzo sobrehumano para no mirarla de frente, solo de reojo, pero lo suficiente para ver el busto de mujer y la cola como de una albacora. Cirilo Arenas contaba que arribó a una isla y se dispuso a descansar, luego encendió un “primus” para preparar café, entonces sintió que todo el piso se movía, recién se dio cuenta que era una pareja de ballenas que decidieron irse y no una isla. Después de todo, sufrían un encantamiento temporal, luego recuperaban la razón… ¿por qué no creerles? si ya en esos días el mundo irremediablemente parecía haberla perdido.

Cuando Juan “amores”, por viejo ya no pudo ir hasta la “línea de vapores”, cuando no le quedó ninguna novia ni real ni imaginaria; fue a la Beneficencia Pública, y luego a la funeraria O ‘Diana, ubicadas en la misma cuadra sobre la calle Deán Valdivia. En la Beneficencia pagó un nicho del cementerio, y donde O ‘Diana exigió un ataúd de la misma madera que el usaba para las cuadernas de sus faluchos, y también pagó al contado.

Juan “amores”, vivía en una casa antigua de madera, de dos pisos con balcón hacia la calle Islay, entre Maldonado y Alto de la Virgen, frente al antiguo camal. Allí había un descampado enorme donde jugaban los partidos más bravos que se hayan visto en Mollendo, jugaban con mucha rudeza pero jamás con mala intención, entre otros los muchachos de la América con el Deportivo Islay. En circunstancias distintas al futbol, se libraron verdaderas peleas de box, pero si en la cancha Díaz peleaban los muchachos del Colegio Nacional, aquí se agarraban los de categoría semi-pesado a pesado, ya no eran los colegiales.

Todos los martes, por las tardes, Juan “amores” sacaba el ataúd que guardaba con mucho celo en su casa, el de la madera de las cuadernas fabricado por O ‘Diana, lo llevaba al balcón que daba al descampado donde los muchachos jugaban al futbol, para limpiarlo con suma devoción, imaginando que algún día cercano serviría para lo que sirven los ataúdes.

Esos años y los siguientes fueron de abundancia, habían “varazones”, es decir cardumes de peces que salían próximos a la playa perseguidos por todos los predadores del mar y del cielo, es decir por todas las especies que integraban
“la pajarada”: cochos, pelícanos, piqueros, guanayes los comunes de pata negra y las chuitas de pata colorada. Cuando apareció la red de cerco marcó el final del florecimiento de las artes pesqueras en el sur, y de la abundancia de peces; con salir a la cuadra regresaban los boliches de esa época de 8 a 10 toneladas de desplazamiento, con las bodegas llenas, llegaban “torrejas” y hacían hasta tres vueltas. Y así terminó el trabajo con mareas de hasta seis días, todos se volcaron al boliche o red de cerco.

Tal como la lluvia de meteoritos que encendía el firmamento y atraía a las albacoras fue un espectáculo fugaz, revestidos de la misma cualidad también lo fueron: el arte y oficio de la pesca con arpón de los pescadores que no conocimos; los tres días en mareas que Juan “amores” inocentemente creyó que era una sucesión que nunca terminaría, y que ahora el mismo ni siquiera puede vivir en el pensamiento de sus efímeras novias reales o imaginarias, porque tampoco existen; luego en Mollendo fue imposible conseguir un reinal y los anzuelos especiales para la pesca de las albacoras; mucho menos las albacoras podrán venir abarloadas, porque ellas mismas son una especie en extinción; bajo el puente no es posible encontrar a los pescadores calafateando sus faluchos. Y lo que es peor, terminó el espectáculo imperdible de la “pajarada” pasando al final del verano durante horas frente a la primera playa, volaron no sabemos a qué mares, ojala sea a uno donde aún queden peces.

La aparición de los vapores supuso toda una revolución en la navegación marítima mundial sin depender de los vientos ni corrientes marinas, los primeros buques fueron a vapor y por ellos se popularizó la palabra “vapor” para referirse a un barco. Ahora la “línea de vapores” que servía de referencia a los pescadores, ni siquiera tiene carácter de imaginaria, porque también los vapores están en desuso, murieron para todo fin práctico.

Cuando desapareció tercamente el último carpintero calafate; cuando en el ocaso los barcos se fueron irremediablemente a otro puerto, y el donque solo fue un simpático adorno; cuando La Grace y la Compañía de Lanchas cerraron Chiguas y La Sorda y después el candado de sus propias puertas; cuando las columnas y vigas de madera del edificio de la Aduana, vacío y sin el eco de sus mil antiguas voces, no tuvieron la fuerza ni el “ánimo” para resistir ni su propio peso, en ese instante, en ese último suspiro, tal vez por qué algo no hicimos bien, el halo mágico con cristales de hielo que rodeaba al puerto de Mollendo terminó por disiparse.

No es para siempre, el mejor de los viajes es el que está por venir, Mollendo sin ser puerto, con el desarrollo sostenido que le espera, evitará el éxodo de sus hijos mejores, evitará la angustia de las horas inciertas, para abrazar la gloria que le corresponde, y librarse de la agonía de vivir otras muchas vidas fugaces.

Alberto Montoya.  Mollendo

HBJ. escribidor sencillo

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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