Recordando conversaciones, reconstruyendo muros rotos y olvidos que llegaron tarde.

3 y 20 de la tarde, sol fuerte en la calle Libertad, Piura, la de los burros, los algarrobos y los seminarios. Hace tanto tiempo, pero que no cuesta trabajo recordar. Cuando se vivió entre gente buena, sencilla y sana, como que las fibras nerviosas se llenan de jolgorio y van en busca de los hechos pasados, haciéndose paso entre sucesos y personajes más recientes. Y lo hacen sin deteriorar nada, ni crear desorden en la mente dispuesta a rememorar, a vivir de nuevo las cosas y personas que compartieron la vida, las sonrisas y todo lo que hace que los seres se junten, se alejen, se vayan por tantas y diversas circunstancias y nada muera ni se olvide; justo como ahora, sin saber y sin proponérmelo un impulso eléctrico conectó los afectos y ya. Estamos en ese tiempo como si fuera ayer. Hemos vivido a la inversa y mi deseo es recordar con mi modo y manera de ser en ese tiempo, no como soy ahora. Así no vale porque estoy convencido que para volver a vivir un momento uno debe en lo posible ver las cosas como las veía en esos tiempos; ser como era, no como es hoy. Hay que tener presente que todo cambia, uno cambia. Entonces seamos como fuimos y disfrutemos como si estuviéramos viviendo ese momento: viviendo no es lo mismo que recordar. Hagamos el esfuerzo de ser lo que fuimos. Es lógico, nadie es hoy la misma persona que fue ayer, ni la que habrá de ser mañana, hasta el mismo mundo que nos rodea cambia con cada revolución al rededor de sol. Será muy interesante, volver a pensar como lo hacíamos, volver a ser los muchachos que fuimos. ¿Recuerdas lo que fuiste? Trata de ser el de antes, lo bueno y lo malo, al tacho con las experiencias. Revive, esa es la palabra, es posible que no te reconozcas…
-Hola Ramiro, que tal…
Vamos al café, me dice, así salgo del taller.
-Listo.
Como te va a ti, espero que esté Barreto que me tiene un encargo…
El mismo Ramiro de siempre, desgarbado, a medio afeitar, con sandalias y medias blancas, mordiéndose la lengua de costado por ratos.
Buen café este de Zelada, un local pequeño, concurrido, reconozco a casi todos, en una ciudad como todos, somos paisanos todos, gente cálida, invitadora, amable. Solo café, pan y pasteles. Nada de licor.
Entra Burneo, el negro, llegó Barreto al fin, Ramiro lo llama a la mesa, él se acerca y le dice a Ramiro, ya tengo lo tuyo, voy con el negro que me tiene un asunto. Lucho hace su aparición, él no es muy asiduo al café. En una ciudad como esta, uno se lo pasa saludando a todos. Llegan también los infaltables empleados de la Caja de Depósitos y Consignaciones, así se llamaba al Banco de la Nación.
Vivo en este instante un día aciago en mi vida, corro muy rápido por la vereda de la calle Arequipa, era el 2 de diciembre de 1964, tengo 24 años de edad vivo los últimos momentos de vida de mi padre, a quien amo con todas mis fuerzas. Debía subir las escaleras hacia mi casa con un balón grande de oxígeno no sé como lo pude subir, lo arrastré hasta arriba, sirvió pero a las tres de tarde, mi papá se fue al azul a vivir de otra manera, yo cumplía un año y cinco meses de casado. Su ausencia se convirtió poco a poco en presencia permanente.
La memoria no reconoce la coma ni los punto y coma. No se detiene va de corrido y viaja tiempos y distancias y retorna y luego. Vuelve a ir.
Estoy frente a su tumba donde dejé en su momento sus restos transitorios. Veo su sonrisa al lado de mi madre, ellos dos reunían todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos. Retorné a la avenida San Teodoro y mientras me alejo del campo santo, ya estoy manejando el auto de mi padre quien junto a mi madre, me daban el encuentro en la plaza de armas a eso de las 9 de la noche y él me pedía que manejara el auto hasta Catacaos, un pueblo cercano, a 40 minutos en andar pausado esquivando los sapitos que estaban sentados en la pista iluminados por las luces altas de Chevrolet verde. Mi padre se acomodaba plácidamente en el asiento posterior. Una vuelta por la plaza de armas de Catacaos, a lo sumo dos y vuelta a Piura. Noches tranquilas y tibias…retorno a vivir sus momentos, sencillos, como agradezco a mi memoria esta capacidad de volver a ser como era ayer, para poder saborear el ayer.
Despojarse de la “experiencia” que supuestamente dan los años vividos, para contar con todo el apoyo de la inexperiencia de los años primeros. Como se diría vulgarmente: así no vale…
Mi madre contesta el teléfono y recibe el aviso en horas de inicio de la madrugada que, el mar está enfurecido y ha invadido las casas en el balneario de Colán, balneario cercano a Paita. Fuimos a ver la casa y nuestra sorpresa fue mayúscula; estacionamos el carro lejos de la orrilla y nos acercamos a nuestra casa por la parte posterior, era la última casa de la fila yendo hacia Paita. Todas casa miraban al mar, no habían casas una tras de otra. Escuchábamos en la noche el rumor del mar y la reventazón de las olas. Estábamos descalzos felizmente. Nos quedamos sin palabras, las olas rompían dentro de la terraza y la sala y veíamos claramente que la refrigeradora con todo su volumen entraba y salía desde la cocina hasta la terraza. Vimos caer el techo que era del tipo de lo que se llama tijerales de madera y planchas de Eternit. El mar al llegar a la casa se juntaba por la parte posterior de esta y retornaba con la marea y arrastran la arena del piso sobre la que se asentaban los cimientos. El mismo efecto que uno siente cuando se para en la orilla sin moverse y así como el mar va y viene con una perseverancia sin par, cada vez uno se hunde más, es el mismo efecto. De esta forma la casa cedió. La fuerza del mar es rotunda…el agua era tibia, la luna de Paita iluminaba la noche de la marejada como si fuera el sol y el sol de Colán brillaba por su ausencia.
Es hora de sentarnos a la mesa a almorzar, corre el año 1955, años lluviosos y de grandes cosechas en la agricultura. Estábamos los tres, mis padres y yo. Mi papa con corbata y saco y yo con mi uniforme color caqui del colegio San Miguel de Piura. Tengo las manos acabadas de lavar y las mangas debidamente abrochadas y la corbata de reglamento. Maravillosa costumbre de almorzar todos juntos es una forma de aprender en familia porque es que se parte por la mitad el pan. Comíamos lo preparado en casa, reíamos y nos contábamos lo que nos había acontecido a cada uno. La hora de almuerzo entre todos es un momento muy importante. En ese momento yo estaba lejos de imaginar que lo recitaba mi papá antes de comer, lo recitaría yo después durante toda mi vida; pero ese futuro no había llegado aún, vivo el pasado en tiempo presente. Mi memoria me faculta. Él decía:
Gracias Padre por estos alimentos que vamos a comer, y haz que en todas las mesas del mundo exista algo de comer hoy y mañana también. Épocas de sueño.
Ahora estoy viviendo días de 1969, mi negocio se cayó como muchas otras cosas. La nueva ley de la reforma agraria, mató la actividad económica casi de golpe al punto de que había que pensar en vender mi estación de radiodifusión comercial, pagar deudas y ya ad portas del 70 emprender la retirada hacia Lima en busca de un nuevo horizonte. Un departamento como Piura que vivía del agro, recibió un tiro mortal. Y así luego de 20 años en Piura, nos alejamos para siempre.
Mi memoria me trae al hoy, 24 de octubre de 2014 – 11.56 de la mañana – escribo estas líneas con obligado agrado por mi mente que me arrancó y me hizo vivir el pasado en tiempo presente. Como si el tiempo me perteneciera a capricho, pero lo maravilloso ha sido que pude hacerlo siendo aquel que fui y no el que soy…y lo más agradable es que ese torbellino de retorno a bastante más de medio siglo me ha dejado un sabor feliz. Me gusto como fui y agradezco las circunstancias que rodearon mi vida, ¿podría decir que he tenido suerte del lugar donde viví, de la gente que conocí, de las cosas que acontecieron? ¡Que duda cabe! Veo que fui tan feliz como lo soy hoy y más aún siendo una persona diferente.
Fui dueño del tiempo en un viaje o sueño que no se cuanto duró, el tiempo, la simple sucesión de los instantes jugó también mi favor.
Las conversaciones con la gente querida, están allí. No se desvanecieron, pareciera que fueron repetidas una vez más. Los muros que juntan y separan las cosas para bien o para mal pueden ser reparados pero, no es para tanto y mi memoria sigue como siempre dispuesta a reparar a tiempo los olvidos.

HBJ BLOG ESCRIBIDOR SENCILLO.

Hernán Balderrama Jabaloya , vendedor de yates, más de 18 años representando la venta de los mejores barcos de recreo. Lima-Perú 2015

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